El regreso

Celia Carrasco

Paró el coche en la plaza, se bajó y se quedó mirando la casa rural… Aquella era la casa familiar de Don Manuel. Había sido hijo de alcalde-cacique  y alcalde él mismo, además de un mal maestro. Entonces, ¿para qué quería ella saber literatura, si los hijos de los pobres siempre irían en alpargatas? Pensó cuánto le dolería al caciquillo tener que alquilar las habitaciones de su casa a extraños, él que creía que estaba por encima de todos.

Dejó la maleta y fue a dar un paseo por el pueblo, recorrió las calles despacio, recordando. Allí jugaba de niña, cuando todavía se veían por la calle gallinas y pavos. 

Bajó hasta el río; estaba verde y lleno de margaritas. Se sentó en una piedra y cerró los ojos. Cuántos recuerdos… las risas con sus amigas, sus primeros besos, Juan…

Cuando volvió a la casa, él estaba en el mostrador. Había cambiado, pero lo reconoció, y él a ella.

—¿Carmen?

—Hola, Juan.

—¡Pero qué guapa estás ! ¡Si no has cambiado nada!

Carmen se sonrió; era menuda, con una belleza dulce, de las que ganan con los años.

—Muchas gracias —dijo suavemente.

—Vamos a tomarnos algo y me cuentas. 

—Vale, pero vamos al bar de Perico. He visto que sigue existiendo 

Cuando llegaron al bar, estaba vacío, Carmen miró las fotos antiguas que había por las paredes: las fiestas, la procesión de la Virgen, las vaquillas, las peñas. La historia gráfica del pueblo desde hacía  más de cuarenta años. 

—Mira, Juan, esta es la nuestra, ¡qué jovencitos éramos!

—Y qué felices —agregó Juan con nostalgia.   

Se sentaron ante una mesa. 

—Bueno, ¿y qué? Sé que te va bien, que te has hecho catedrática.

Carmen se rio de buena gana…

—Sí, literatura española del Siglo de Oro… 

Juan la miraba embelesado. 

—Qué barbaridad, siempre fuiste la más lista, además de la más guapa. En cambio yo, un desastre. No fui capaz de terminar Derecho, y aquí me tienes a ver si sale adelante la casa rural.

—Es un bonito proyecto; yo creo que funcionará.

—Ya veremos… bueno, y de amores, ¿cómo te ha ido? ¿Estás casada? ¿Tienes hijos?

—Tengo una hija y he tenido varias parejas. Ahora estoy sola, ¿y tú?

—Yo me casé y me divorcié; mira, estamos los dos solos, qué casualidad… ¿Será el destino?

—No funcionaría; ya se terminó una vez… y no fui yo quien te dejó.

—Ahora es diferente —aclaró Juan, bastante serio—. He cambiado.

—¿Ya no te vas con quien dice tu padre?

Juan bajó los ojos.

—Fui un cobarde. No tengo excusa. Era muy joven y un tarambana incapaz de mantenerme por mí mismo. Mi padre me amenazaba con echarme sin un duro si no seguía con Isabel y no fui capaz de afrontarlo.

En ese momento entró Don Manuel.

—Hombre, Carmen, ¡cuánto tiempo! Da gusto verte. Oye, que mi hijo está solo ahora. Podéis hacer apaño —bromeó riendo. 

 

—Le advierto que de vez en cuando llevo alpargatas —contestó Carmen riéndose también.

 —Mujer, eso te lo decía para picarte, porque sabía que eras lista y que, si te esforzabas, llegarías lejos.

«¡Qué cinismo!», pensó Carmen, acordándose de todas las veces que el maestro  no había contestado a sus preguntas porque era niña y de familia humilde.

—Bueno, no me quejo; me dedico a la literatura, que es lo que me gustaba desde niña. Se acordará usted.

—Sí, cómo no, llevabas libros hasta cuando ibas con tu madre a vender la fruta.



Entraron algunos del pueblo que la conocían.  La saludaban con aspavientos y con las frases típicas: «¡Cuánto tiempo!, ¡Tienes que venir más!». 

—¿Y qué?, ¿Te ha entrado morriña del pueblo? —preguntó Don Manuel. 

—Tenía que venir. Mi hija se gradúa en periodismo, con premio extraordinario,  y queremos que su padre y su abuelo asistan a la fiesta. —Don Manuel no comprendía, pero Juan no necesitó más explicación: en su cara se veía una gran tristeza. Carmen sacó dos sobres y les entregó las invitaciones. Ante la mirada interrogante de Don Manuel, declaró—: Sí, es hija de Juan; nos seguimos viendo en Madrid, a pesar de la novia que usted le había buscado. Hasta que me dejó para casarse con ella. Yo ya estaba embarazada, y no dije nada. Terminé pronto la carrera y seguí adelante. 

—Carmen, perdóname —pidió Juan. 

—Te perdoné hace mucho tiempo; por eso quiero que conozcas a tu hija y a usted también, Don Manuel. Como usted dice, sus puyas fueron una gran motivación.