Sandy Manrique

El puente rojo

Mirabas por la ventana de tu micro apartamento. Sentías que así formabas parte de San Francisco. Envidiabas a los transeúntes. A quienes iban a pasear al perro. A aquellos que salían a trabajar. A las familias. A esas personas que siempre parecían saber a dónde iban. 

 

Mientras ellos se ausentaban tú te quedabas bajo las sábanas.  Tu miedo llegó con la soledad. Pudiste sentirlo tras de tu nuca cuando tus padres rechazaron tus boletos de avión por no tener las suficientes fuerzas para viajar a Estados Unidos.  Dijeron que te esperarían en Querétaro cuando pudieses regresas. Pero no  tenias tiempo. 

 

Desde que apareció,  tu relación con el miedo había  sido extraña. Empezaste intentando minimizarlo. Le llevaste a un rinconcito. Ese que tenía más polvo. Donde la humedad había creado figuras fantasmagóricas 

 

Eso sucedió en el año en que no podías conseguir empleo. Tan pronto como te aseguraste una buena paga dejaste a tu miedo andar por tu nueva casa. Paseaba por la cocina, la sala y los cuartos.  Todos los días en punto de las 5 30 de la tarde bebías una copa de vino junto a él y le hablabas.

 

Tu miedo no se fiaba de ti. Se escondía en la esquina de la cocina mientras tú quitabas cualquier mota de polvo y hacía relucir las superficies. Hubieses querido hablar acerca de él, tomar una cita con una psicóloga, pero pensabas que había cosas que había que  guardarse para una misma. 

 

Hace poco empezaste a soñar con el famoso puente rojo. Sucedía una vez al mes.  Cuando despertabas te dolía  el cuello y la espalda. Pero no hacías caso. Había demasiados proyectos  en el trabajo que atender.

 

Resolvías tu inquietud con duchas de agua fría y contando uno a uno tus brochazos de maquillaje. Cuando eso no funcionaba, acomodabas los cinco cuartos de tu casa. Te esmerabas en los cuatro que no usabas. Tenías las camas listas por si a algún familiar o amistad te visitaba. Pero nadie venía. 

 

Fue así como te llegó un nuevo ascenso, sin que tuvieras con quien celebrarlo. El nombramiento se dio en punto de las  5 de la tarde. Sala de juntas del piso 25. Tragaluces y muebles blancos. Tus joyas brillaban. Una ventisca cálida llegó a tus orejas cuando los aplausos te aseguraron que serías la mano que guiaría los proyectos más importantes de la compañía. 

 

Tu jefe hizo un discurso de felicitación. Dijo lo orgulloso que estaba de ti mientras deslizaba  su mano derecha sobre tu cintura. Trataste de obviar la caricia no pedida, de concentrarte en tu satisfacción de  haber logrado  lo que siempre  habías soñado.

 

Te quedaste al cocktail que organizaron para ti. Una vez que regresaste a tu oficina supiste que tu miedo estaba ahí. Te disculpaste por haberle ignorado durante el día. Le dijiste que era hora de ir a casa. Que habría muchos cambios. Que ahora trabajarías más. Que  deberías estar enfocada. 

 

El miedo estaba tranquilo. Con  forma irregular de una bocanada de humo, pequeñito. Tenía la ternura de un bebé sonriente, de los irreales que nunca lloran. Le dijiste que se acomodara en el asiento trasero. Que manejarías a casa . Él seguía muy bien portado. Pero al trayecto a casa era largo.

 

Por el retrovisor fuiste viendo cómo crecía. No dejaba de verte directamente a los ojos. Era ahora un ente negro y viscoso. Cambiaba de forma y de tamaño hasta  que no cupo dentro de tu camioneta. Cruzabas el Golden Gate cuando tuviste que parar. Ya no había espacio para ti

 

Tu respiración agitada. Tus nervios crispados. Lágrimas corriendo sin explicación clara de lo que estaba sucediendo. El cuello tenso. No te  quedó de otra que bajarte de tu camioneta, subir al barandal y desde ahí dejarte caer.