El pie derecho | Elsa Ojeda
Sintió el tacón clavándose debajo de sus costillas, a la altura del diafragma, y respiró aliviado. Por muchas veces que lo hubiera hecho siempre surgía algún que otro contratiempo de última hora. Oyó por fin la puerta de la zapatería cerrarse tras él, después de haber quedado unos segundos suspendida en el aire por ese sistema abominable que amortiguaba el batir de las hojas. No le seguía nadie.
No apretó el pasó. No se volvió atrás. Es lo peor que puede hacerse cuando uno sustrae algo. Siguió con la vista al frente, sonriendo a todo el que se cruzaba con él: una mano en el bolsillo; la otra, asida a la cinta de la bandolera que cruzaba su cuerpo ayudando así a que el zapato, oculto bajo su cazadora, no cayera al suelo.
La segunda balda de la estantería del fondo podría ser un buen sitio. Entre el mocasín Oxford de caballero y el bostoniano de ante, aquel ‘pin up’ de mujer completaría por fin la década ‘años 50’ de su colección.
—¿A qué piso va? —No podía tener más de 30 años: el pelo castaño recogido desordenadamente en una coleta alta, los ojos insultantemente verdes.
—¿Qué? —Lo cierto es que la había oído la primera vez, pero quería escuchar de nuevo su voz.
—Que a qué piso sube…
—Al sexto. —El llavero de la chica bailó en sus manos al presionar el botón. Era un enano zapato rojo de purpurina. Se sonrió. Las casualidades de la vida.
—Vaya, compartimos descansillo. Soy Laura, me mudo hoy.
—Rafa —correspondió lacónico, percatándose por vez primera de la maleta que compartía espacio en el ascensor con ellos, pensando de nuevo en su voz.
Sonaba aniñada, pero no tanto como le había parecido al principio. Quizá sí tenía más de 30. Apretó la cita de la bandolera a su pecho y se miró de soslayo en el espejo, buscando el bulto bajo la cazadora. ¿Lo habría notado?
—¿Me dejas? —De espaldas a la puerta, Rafa no se había dado cuenta de que ya habían llegado al sexto.
—Sí, perdona. —Todavía estaba de pie frente al felpudo de su casa cuando la vio desaparecer tras la puerta de enfrente. Laura, castaña, de ojos verdes, ‘sneakers’ blancas… Qué contrariedad.
***
A punto había estado de ser descubierto en la tienda. Es así. Siempre ocurre algo imprevisto que puede torcerlo todo. «Lo importante es que he mantenido la calma», se autoafirmaba, mientras dejaba resbalar sus dedos sobre el charol rojo de aquella última adquisición. Había perdido algo de piel en los márgenes el tacón, y la tapa se inclinaba desgastada por el uso. «Menudo lujo», se felicitó.
Fue en el último momento. La clienta se volvió desde el fondo de la zapatería hacia la dependienta. “¿Seguro que son de piel?”, insistió de nuevo, mirando sus viejos ‘pin up’ abandonados en el suelo, como preguntándose por qué sustituirlos por esos zapatos modernos de plataforma de dos centímetros, más cómodos pero horrendos. Rafa tragó saliva cuando la vio de nuevo caminar hacia el espejo y aprovechó el momento para coger aquel zapato viejo, justo el derecho, y salir ligero.
Lo de que fueran todos pies derechos no era tan importante como que fueran viejos. «No, viejos, no; usados sería más correcto». Pero sí le daba cierta uniformidad al conjunto de las decenas de ellos que, dispuestos ordenadamente en estanterías, circundaban la habitación del fondo de su apartamento.
De hombre, mujer, niño o anciano. No era fetichismo sexual. Nada de eso. Era simple coleccionismo. O eso se decía cada noche cuando antes de ir a la cama
daba doble vuelta a la llave de la puerta de aquella estancia para esconderla después bajo una montaña de calcetines en la mesilla junto a su cama.
A veces era gracias a un descuido en el gimnasio; otras, como hoy, en una tienda. A la desesperada, por desgracia, tenía que echar mano de los contenedores. Había también quienes a cambio de unos pocos euros te daban los suyos sin hacer preguntas. Aunque eso tenía mucha menos gracia.
Colocó con mimo el zapato rojo en el espacio reservado y le dio una última pasada con el paño. Se quedó un instante absorto frente a aquel hueco ahora completo, abandonándose al brillo acharolado con la mente en blanco por unos segundos. Hasta que sintió de nuevo que se le anudaba el aire al pecho. Sabía que daría igual que mirara o no. Estaba ahí: un vacío en su colección, un agujero que se abría desde el estante posterior atravesándole la cabeza, taladrándole hasta el tuétano. Se sentía sucio, oscuro, avergonzado. Malditas ‘sneakers’ blancas.
***
Laura dejó caer las zapatillas al suelo, desplomándose sobre el sofá, y cerró por unos segundos los ojos. «Al menos, hay un tío joven en el edificio». La media de edad de su último vecindario no bajaba de los 80. «Está bien si uno quiere tranquilidad por las noches, pero las conversaciones no son muy animadas en el rellano, la verdad». Abrió los ojos, recorriendo por primera vez el salón con la mirada. Una estantería de madera clara con una balda a medio caer; una mesa de comedor blanca para cuatro; un cuadro de una playa de algún lugar del Levante… «Más que suficiente», valoró, incorporándose para dar una revisión general al piso.
Un dormitorio junto al baño («Ése será el mío»), otro al fondo del pasillo, pequeño aunque luminoso («Perfecto para él»), el salón, y la cocina junto a la puerta de entrada. Entonces cayó en la cuenta. Hacía frío. Abrió los armarios, buscando la caldera. “¡Mierda!, no va”, se lamentó en voz alta mientras pulsaba una y otra vez el botón de reseteo del aparato.
***
El timbre de la puerta lo sorprendió aún frente al zapato de charol rojo.
—Rafa, ¿verdad? Perdona que te moleste. Creo que se me ha estropeado la caldera.
—Ah… —Él la miró de arriba abajo. La coleta desmadejada; el chándal, bajo el que se apreciaba una incipiente barriga de embarazada; los pies, apenas cubiertos por unos calcetines cortos con aguacates sonrientes.
—¿Me podrías ayudar?
—Claro, claro…
— Verás, es que hace verdadero frío hoy y en mi estado… — Laura se acarició el vientre, pero Rafa miraba todavía a sus pies, incapaz de dejar de preguntarse dónde diablos estaban ahora las ‘sneakers’ blancas.
***
Nunca había robado a ningún vecino. «Siempre hay una primera vez para todo», se dijo al pasar al apartamento de Laura, dispuesto a ayudarla a arreglar la caldera. O eso, al menos, le había prometido. Pensó en lo confiada que era aquella chica que se paseaba en calcetines por el descansillo, abandonando su piso abierto de par en par, para dejarle después entrar a él, un auténtico desconocido, en su casa: un tío triste, gris y obsesionado con mangar zapatos derechos para limpiarlos, clasificarlos y observarlos durante horas en una habitación.
—No deberías dejar el apartamento abierto. —Laura asomó sus ojos de gata tras la puerta del mueble que escondía la caldera.
—Así me oirán gritar si me haces algo…—bromeó, soltando una pequeña carcajada. Rafa enrojeció. Había visto ratones con más valor en los dibujos animados.
La caldera no parecía tener arreglo, así que hubo que llamar al servicio técnico. Laura daba vueltas por el pasillo, mientras Rafa marcaba el número de teléfono desde el fijo del salón. Ella movía trastos de aquí para allá; él, sentado en el brazo del sofá, encontraba por fin las dichosas zapatillas.
«Pero lo dicho, siempre puede suceder algo imprevisto», se repitió Rafa cuando vio plantarse a Laura frente a él, cuando lo miró (sin darse cuenta de que él escondía entre las piernas el pie derecho de su deportiva), cuando así, sin más, lo invitó a comer.
—Claro… —farfulló Rafa, dejando caer la zapatilla furtiva. «‘Claro’, ‘Claro’; Debería empezar a contestar algo distinto, parezco imbécil».
***
Aquel chico era particular. Pelo ligeramente ensortijado, ojos pardos y media sonrisa irregular, de esas que parecen cae en diagonal de comisura a comisura. Parecía siempre ausente; ahora (si eso era posible) más que antes. «Quizá le he asustado», se amonestó Laura entre sorbo y sorbo de sopa Ramen.
—Nunca había estado aquí antes.
—Yo tampoco —confesó él sin levantar la vista de su arroz.
—No está mal, ¿verdad? Y mientras hacemos tiempo para que llegue el de la caldera. —Laura agitaba la cuchara mientras hablaba, sin dejar de mirar a Rafa que, cabizbajo, no parecía tener interés en conversar.
—¿Intercambiamos? — le ofreció Laura, acercándole su sopa. El plato de ramen bailó por unos instantes sobrevolando el centro de la mesa.
—No, gracias. —No le gustaba jugar con la comida, pero el ademán de quitársela de en medio estuvo fuera de lugar. Fundamentalmente, porque acabó todo por el suelo.
—¡¿Qué haces?! —La sopa se derramó sobre la mesa, esparciendo los fideos sobre el mantel de plástico como se diseminan los gusanos sobre un campo estéril: en vano y sin orden ni concierto. El líquido rojizo goteó en cascada,
resbalando por el pantalón de chándal de Laura, los calcetines de aguacates y, por fin, la zapatilla derecha y blanca donde un pequeño hilo de pasta dibujó un colorado ojo burlón que ahora retaba a Rafa.
***
—Yo te la limpio.
—No creo que puedas hacer nada. Es tomate; esto no se va con nada— Laura restregaba una y otra vez con la toallita de bebé la zapatilla manchada, apoyada en una farola de la calle, descalza.
—Qué gracia.
—Perdona… ¿qué te hace gracia? —Rafa sintió que los ojos de Laura se le clavaban, atravesándole, a la altura de la garganta. Tosió:
—Nada; las toallitas; las llevas sin haber niño todavía. — Laura se calzó, se volvió y siguió andando sin mediar palabra.
—Podría arreglarlo—insistió Rafa ya frente al felpudo de su casa.
—Tú mismo —claudicó ella, sacudiéndose la zapatilla con ayuda del otro pie, y caminando, ahora coja, hasta su piso, dándole la espalda.
***
Rafa no estaba seguro de qué, pero algo había hecho mal. «Además de manchar esta belleza», se dijo mientras cepillaba la ‘sneaker’, dentro ya de la habitación del fondo. Tampoco quería darle demasiadas vueltas: «Mañana bajaré al centro; compraré un par nuevo y se lo daré a cambio; pocas veces ha sido tan fácil hacerme con un zapato”.
En eso pensaba cuando se volvió buscando el hueco elegido y, sin embargo, la encontró a ella en el quicio de la puerta entreabierta con los ojos verdes perdidos;
perdida, entre aquellas paredes colapsadas de botas, sandalias, mocasines, cañas altas y bajas, tacones, suelas de goma, corcho y madera, cordones y lazos; embriagada, por esa suerte de composición multicolor que escalaba del suelo al techo de la habitación.
No sabía cómo había podido pasar, qué le había ocurrido para poder dejar aquella maldita puerta a merced de ella, que ahora lo había descubierto. Sucio, oscuro, avergonzado, de nuevo. Entonces la vio: la tripa desnuda de Laura. La camiseta levantada arremangada bajo su pecho, el ombligo al aire y un cojín pequeño, color piel en la mano. Lloraba. Rafa sintió algo clavándose debajo de sus costillas, a la altura del diafragma, y lloró también aliviado, sabiendo que esta vez no. Esta vez no era el tacón de otro pie derecho. Y dejó caer al suelo la dichosa zapatilla.
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