El otro paquete

J. Iñaki Rangil

Son muchas las circunstancias que nos hacen dudar de todo, incluso de nosotros mismos. No es habitual que seamos objeto de situaciones rocambolescas, pero es algo que sucede, aunque sea muy de vez en cuando. ¿Estaríamos preparados para algo así? Creo que no, probablemente nadie, pero se sale a flote por la inercia de la situación.

Jon Ander vive solo en un piso de una calle bastante céntrica. Tiene mucho movimiento, por allí transitan infinidad de personas como medio de paso hacia algún lugar, paseando, haciendo sus quehaceres. También hay quienes la tienen como destino, aunque esas ocasiones suelen ser menos.

Es en una de estas cuando suena el telefonillo de su portero automático.

─¿Es usted Jon Ander Gardeazabal? ─escuchó por el interfono.

─Si, soy yo ─respondió.

─Tengo un paquete para usted. Me abre y se lo mando por el ascensor.

─Yo no estoy esperando ninguno ─trato de aclarar.

─No se preocupe, los portes están pagados ya. Aquí, pegado a la caja, trae un sobre que deben ser las instrucciones, en todo caso le aclarará sus dudas ─añade el repartidor con ganas de dejar concluida esa conversación, esa entrega.

Así, sin más, llega al tercer piso del inmueble un paquete al que no se le esperaba, del que se ignora su contenido, tampoco se sabe, de momento, quién lo remite. En fin, más dudas que certezas. Con desconfianza, hasta con evidente aprensión, lo recoge con deseos de aclarar cuanto antes las cuestiones que se amontonan en su cabeza. Espera que esa misiva lo despeje.

Si es usted el receptor de esta epístola es porque ha sido seleccionado entre un gran listado. Tal vez ello le pueda preocupar, no tiene por qué ser así. Nosotros le vamos a dar tres opciones que seguro le despejarán esos dilemas. Sentimos no indicarle el contenido de la caja. Eso solo ocurrirá si elije la primera de las opciones. En todo caso, sepa, que si abre la caja es esa la opción que ha tomado.

Opción uno: Decide quedarse con su contenido, disfrutará del regalo, solo se compromete a hacer de intermediario en otros envíos futuros según le demos instrucciones.

Opción dos: Declina la recepción del mismo, entonces, también tendrá que molestarse reenviándolo a la dirección del sobre adjunto.

Opción tres: Toma la opción en la que no tiene en cuenta nada de lo que aquí se señala y decide hacer lo que le plazca. Esta es la que menos le aconsejamos porque lleva implícita una advertencia en la que se aclara que SOLO SON VALIDAS LAS DOS PRIMERAS, la tercera es realmente una amenaza. A partir de ese momento recibirá noticias nuestras, pero no a través de papel. Por cierto, sabemos ser muy persuasivos y que no le gustarán las consecuencias. Se lo aseguramos.

¿Os imagináis en el lugar de Jon Ander? ¿Es una broma? ¿Cómo de serias pueden ser esas advertencias? ¿Qué se juega? Cuando vio la firma, se dio cuenta de la solvencia de las amenazas. Se trataba del capo de los mafiosos de la zona. Su fama circulaba tan rápida como las noticias de sus crímenes ejecutados por otros para él. Estaba claro que recurría a él como mensajero desvinculado a la organización, que le dará cobertura legal cada vez que tenga interés el particular Capone.

Ni se plantea acudir a la policía porque sabe que le estarán vigilando, le han echado el ojo, han mordido la presa y no la van a soltar de cualquier manera. No le queda otra que aceptar la opción uno, que en realidad seguro que es la única viable, el resto son trampa o como le indican en la tercera “si no quieres a las buenas, será a las de rigor”.

En consecuencia, decide abrir el bulto y apechugar con lo que sea. En el interior se encuentra otra caja opaca, algo más pequeña, de plástico hermético con otro sobre abultado pegado a la tapa.

Este dispendio monetario le servirá de premio por aceptar la opción uno, le compensará todo lo que venga después, le iremos repitiendo entregas periódicas mientras mantengamos nuestra relación. El otro paquete simplemente le recordará la mala elección de cualquiera de las otras opciones. Recuerdo de su antecesor: “un trofeo”.