El misterio del 17 | Fátima León
ASCENSOR AVERIADO.
USE LAS ESCALERAS
“Vaya —pensé—, otra vez tengo que subir andando”. Desde que me mudé al edificio del 17, había algo que no me encajaba en esas escaleras. No era solo el crujido típico de escalones antiguos, ni el persistente olor a madera vieja y petricor que se percibía apenas abrías el portal. Era algo más que un misterio.
Subí el primer tramo de las escaleras con cautela. Sin saber por qué, noté una extraña sensación, como si alguien —o algo— me siguiera. Algunos días sientes que subir la escalera no es rutina, sino una forma de enfrentarse a un extraño misterio.
En el segundo piso, escuché un crujido detrás de mí. Me giré bruscamente: no había nadie. Solo una planta artificial y un paraguas olvidado en el 2.º B. Son ese tipo de cosas que parecen inocentes pero que, fuera de lugar, se vuelven parte del misterio.
Paré en el tercer piso, miré hacia arriba y vi una silueta en el rellano: estaba quieta. Como si estuviera esperando. Tragué saliva y murmuré un saludo, pero no hubo respuesta. El silencio me pareció más revelador que cualquier palabra. Di un paso más, y la silueta desapareció. No bajó ni subió: simplemente, se desvaneció. Sentí como si mi mente estuviera jugando con mi cansancio o con mi miedo. Era como si empezara a ver algo que me era familiar en aquel misterio.
Cuando llegué al rellano del cuarto, me senté un momento, intentando recuperar el aliento. Escuché cómo una puerta se abría, y también me pareció oír risas. Alguien bajó corriendo: era un chico joven, con un portátil bajo el brazo. Pasó a mi lado corriendo, sin saludarme, sin mirarme, como huyendo. Quería preguntarle algo, pero está claro que un testigo que huye nunca ayuda a resolver un misterio.
Estaba cansado; pensé en irme a mi apartamento. Pero entonces miré hacia el quinto piso y vi un cartel colgado del pasamanos que decía: “Estás solo”. Apreté las llaves en mi
mano con más fuerza aún, y entendí que yo no era el único que estaba viviendo ese misterio.
Decidí subir hasta el sexto para hablar con Don Salvador, el portero jubilado. Decían que lo sabía todo, aunque hablaba poco. La luz del rellano parpadeaba como en las películas de terror y en las de suspenso. Llamé a la puerta, pero nadie respondió. Empujé: vi que estaba abierta. Dentro, todo estaba en orden. Eché una ojeada por todo el espacio y sentí un nudo en el estómago al ver aquella imagen: en una mesilla al lado del sofá, había una foto en la que aparecía yo justo frente a esa misma puerta, tocando el timbre, con la misma ropa que llevaba puesta. La foto tenía la fecha y hora exactas en la que había llegado al rellano. Ahora sí que me sentía trastornado por tanto misterio.
Tras unos momentos de absoluto silencio, escuché unos pasos en la escalera descendiendo con lentitud. Eran pasos pesados… sentí que subían de nuevo. Mientras corría hacia la escalera, vi el cartel. Ahora se podía leer: “Estás solo… otra vez”. Me giré bruscamente al oír un clic. Desde abajo alguien me fotografiaba con una Polaroid. Bajé corriendo y grité. No había nadie. Solo otra foto, aún húmeda, en el suelo. Era yo, observando esa misma foto. Parecía un bucle infinito dentro de aquel misterio.
Entré temblando a mi apartamento. Dejé la puerta entreabierta, como si esto me protegiera de lo inevitable. Sobre la mesilla había otra imagen: una foto de mí mismo, que estaba durmiendo. Tomada desde dentro de mi propia casa. El reloj marcaba una hora que aún no había llegado. Ahora parecía que el tiempo también formaba parte del misterio.
Me senté en el borde de la cama casi sin poder respirar y dando muchas preguntas vueltas en mi cabeza. ¿Y si nunca había ocurrido nada en la escalera? ¿Y si todo este tiempo había estado tratando de encontrarme a mí mismo? ¿Sería acaso este el verdadero misterio?
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