El juicio de los libros

Diego Covarrubias

En un lugar de la biblioteca, de cuyo estante no quiero acordarme, se llevó a cabo la asamblea anual de los libros. Ocupaban el presídium de honor los tres libros más vendidos de la historia: Don Quijote de la Mancha, Historia de dos ciudades y El señor de los anillos. La orden del día incluía los siguientes puntos: 

  1. ¿Qué hacer con las polillas? 
  2. El Kindle: ¿amigo o enemigo?  
  3. El juicio anual de libros prohibidos. 

           El tercer punto era, sin duda, el momento estelar de la asamblea.

           Llegaron ejemplares de todos los estantes de la biblioteca: las adustas enciclopedias, los voluminosos diccionarios, los efímeros best-sellers, los cultos volúmenes de divulgación científica, los flacos libros de poesía, y los coloridos textos infantiles. En el estante de los acusados, desafiantes, aguardaban los libros prohibidos.

          Resueltos los primeros dos puntos de la asamblea habló Don Quijote de la Mancha, y su discurso se convirtió en un consejo para los libros que serían juzgados: “Desde siempre, los libros hemos tenido destinos inciertos, y cualquier error en la interpretación de nuestras ideas puede condenarnos a la prohibición. Los paradigmas de cada época son los implacables jueces, los que juzgan y sentencian. Pero los paradigmas cambian, y los cambios ofrecen una oportunidad de redención”. Algunos libros agitaron sus páginas a manera de condescendiente aplauso. A continuación, se leyeron los nombres de los libros que serían juzgados: Lolita, La Metamorfosis y Esperando a Godot.          

            Lolita fue el primero. “Este juicio es ridículo” dijo con aplomo, “de lo único que se me puede culpar es de haber profetizado el abuso infantil. Mi personaje es una ninfa precoz y maquiavélica, pero menos puta que la mayoría de las adolescentes, y el señor Humbert es un santo si se le compara con los pervertidos de sotana y confesionario que abundan hoy”.

           La Metamorfosis se limitó a decir que se arrepentía de no haber convertido a Gregorio Samsa en algo peor que un insecto. Al paso del tiempo, un escarabajo le parecía una metamorfosis demasiada benévola para la raza humana.

           Esperando a Godot dijo, con indiferencia, que él no tenía nada que decir, salvo que seguía esperando a Godot.

          Los miembros del tribunal se retiraron a deliberar y a los pocos minutos declararon que, como ninguno de los acusados mostraba indicios de arrepentimiento, seguirían estando prohibidos.

          Terminada la asamblea, La Terca Memoria, famoso libro de periodismo enviado a cubrir la asamblea, se acercó a los condenados pidiéndoles unas palabras. 

          “Después de escuchar sus argumentos me parece que ninguno de ustedes tenía ganas de ser exonerado, ¿o me equivoco?”, preguntó. Sin pudor, Lolita se abrió de páginas y mostrando sus párrafos más atrevidos, contestó: “Tiene usted razón, pero yo le pregunto: ¿que preferiría, ser perdonado e ir a parar a los estantes convencionales de las bibliotecas al lado de novelas de Corín Tellado o libros de autoayuda de Paolo Coelho, o seguir en el estante de los libros prohibidos, junto a la poesía etílica de Charles Bukowski, o al erotismo de Historia del ojo de Georges Bataille? ¿Por quién le gustaría ser leído, por un lector complaciente y académico o por un aprendiz de poeta que con tacto trémulo y mirada febril busca textos prohibidos que le ayuden a saciar su feroz apetito de literatura? ¿Qué prefiere ser, un libro que se aburre en los estantes con sus páginas vírgenes y pulcras, o un libro prohibido que va de un lector a otro con las páginas embarradas de sangre o de semen? ¿Cómo prefiere terminar su vida, donado a un asilo de ancianos o desencuadernado en una librería mal iluminada, siendo leído por escritores subersivos que no pueden encontrar su propia voz?”

        La Terca Memoria se quedó pensativo, la respuesta de Lolita era un desafío. La meditó un breve instante y después decidió que cambiaría su nombre a La Puerca Memoria e incluiría en sus páginas solamente textos prohibidos por los mojigatos de siempre, los que pretenden ser los inquisidores modernos de la buena literatura. 

          Con un poco de suerte y algunas críticas mal intencionadas, él también seria exiliado de las bibliotecas domesticadas.