El forastero

J.L. Rivas

Llega al pueblo una tarde lluviosa y fría. Aparca su camioneta y se guarece en el bar Manolo´s. Un par de muchachones desocupados tienen por costumbre, cuando llega un forastero, adivinar a qué se dedica y cuál es la razón que lo trae al pueblo. El que acierta es merecedor de unas copas.

—Es un comercial —dice uno apodado “El Veleta” porque siempre está cambiando de opinión— Apuesto que vende joyas o cosas de valor, porque ha bajado del coche con un maletín.

Es más grande que él —acota “Tyson”, corpulento y de nariz torcida,— riendo de su propio chiste.

—Ese tío conoce el pueblo — agrega El Veleta— , viene directo al bar sin mirar hacia ningún lado.

El visitante medirá un metro sesenta, de rostro poco expresivo, mirada maliciosa, barba cuidada y mentón prominente. Se quita el sombrero mojado mostrando una calvicie casi total. El impermeable abierto deja ver un traje gris oscuro, camisa blanca y corbata. Su apariencia formal lo delata como forastero.  

El desconocido empuja la puerta y se dirige a la barra. Pide un coñac y se lo bebe en dos tragos. Luego, tranquilamente, se dirige a la mesa donde están los chavales y se sienta sin permiso. —Buenos días, amigos —dice con voz grave. 

—Os conozco, sé quiénes sois; quiero hablar de negocios con vosotros.

Los jóvenes se quedan pasmados. —¿Quién eres? ¿De dónde nos conoces?

Eso no importa. Si queréis buena pasta con poco esfuerzo, hablamos. Si no, buscaré otros colegas con más ambición.

Los dos amigos se miran entre ellos. Tyson, el más resuelto, asiente con la cabeza.

—Vale, tengo vuestros teléfonos; os llamaré esta noche después de cenar. Hace una seña al camarero, paga la consumición y sale sin decir más.

Profundamente intrigados, los muchachos se quedan mirándole mientras se aleja en su camioneta. De pronto advierten que se ha dejado el maletín junto a la mesa. Ya no hay forma de avisar al hombre misterioso. No saben dónde encontrarlo ni adónde llamarlo. 

—Creo que nos estamos metiendo en un buen lío —expresa El Veleta—, preocupado. 

—¿Qué tendrá este maldito maletín? —dice Tyson, sopesándolo; —es bastante pesado. Lo ha dejado a propósito, de lo contrario ya hubiera vuelto a por él, congratulándose por su brillante deducción.

—¿Y si vamos a la policía? — arriesga tímidamente Tyson— y se arrepiente enseguida;  ambos tienen entradas en la comisaría por delitos menores.

Los dos se quedan un rato pensando. 

—Miren, —propone El Veleta—. Lo primero es saber qué hay dentro del maletín, eso nos puede dar una pista sobre lo que este tipo quiere de nosotros. Vámonos al coche para que no nos vea nadie.

—Un momento, —alerta Tyson— ¿y si hay explosivos?

El Veleta, haciendo alarde de coraje, coge el maletín, se persigna, e intenta abrirlo. La cerradura no cede, se abre con una clave. Romperlo sería una estupidez ¿Qué le dirían al dueño, si hay un próximo encuentro?

Ya más calmados, entienden que no están haciendo nada malo y que lo mejor  es esperar la llamada del forastero.

Sigue lloviendo. Cogen el coche y se van a la casa abandonada, donde suelen fumarse unos porros. Llevan dos horas esperando la famosa llamada. De pronto un ruido los sobresalta. El hombre misterioso aparece con una sonrisa. La luz de la luna, entre las ruinas, le da un aspecto siniestro.

—Caballeros ¿cómo están? No os habréis creído lo de los teléfonos; sois muy ingenuos. En cuanto al maletín, sólo yo conozco la clave, dice extendiendo la mano. Tyson se lo entrega. El forastero lo abre, sin tocarlo, ante una gran expectación. Dentro no hay absolutamente nada. 

— Pero si estaba muy pesado —recuerda Tyson, extrañado.— … ¡Un momento, hay un papel en el fondo! Los dos se acercan; el hombrecillo ríe, disfrutando la escena. La nota dice:                                                                                                                                                                                  “Oferta de trabajo. Sueldo: ochocientos euros y comida gratis”.

—Soy Analfabeto Flores, el nuevo comisario del pueblo y, en ratos libres, hago trucos de magia. La primera tarea será pintar la comisaría. Si no lo hacéis, os toca pintar las celdas desde dentro, pero sin sueldo y con treinta días por vagancia. Empezamos mañana a las ocho. Si pasáis esta prueba, os daré un uniforme y podréis atrapar aprendices de maleantes como vosotros.