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El club X | Pablo Boada

El club X | Pablo Boada

Camino solo. Las calles me pertenecen. Soy dueño de su silencio. Lo demuestro dando una patada a una lata mugrienta que salta como un pez muerto escapando de un anzuelo. La lata sale disparada por los aires tras el golpe, provocando un estruendo molesto. Rebota contra el suelo y mis pies siguen su misma trayectoria. Un salto, otro… Se me va la cabeza y una arcada escala por mi pecho. Vomito. Bilis y mucosidad se estampan sobre el lienzo de una ciudad rota. Me miro las manos. Enciendo el cigarro que guarda el secreto de mi mareo y que es la causa del exceso de estímulos que recibe mi cuerpo. Doy otra calada. ¿Estoy despierto? Observo de nuevo. Los edificios que me rodean parecen caer hacia delante, cubriendo de su gris el negro cielo. Alzo las manos. Jugueteo con las luces de las farolas, que se alejan y se difuminan como si estuvieran bajo el agua. Me muevo bajo ellas por corrientes invisibles. Avanzo mientras bailo como una sirena por un arrecife de luces y colores. Llego a mi destino: una puerta que chorrea gotas de pintura seca. Espero. No hay timbre. Vibra mi móvil. Un mensaje aparece en la pantalla: las reglas del club X.

 

Reglas del club X:

 

Se llega solo, se entra solo. No hay código de vestimenta. La X cicatrizada no es obligatoria para entrar, sí para salir. Hasta que la luz roja no se encienda, no se puede tocar, no se puede hablar. Cuando se encienda la luz roja, no hay normas. Todos los cuerpos serán propiedad del placer colectivo, el tuyo también. Los “fantasmas” te acompañarán a la salida cuando sea el momento. Saldrás solo. No hablarás con nadie de lo ocurrido. Tu cuerpo ya no será el mismo.

 

Guardo el móvil. El mecanismo de la puerta que tengo frente a mí emite un ronroneo. Acaricio la superficie mal pintada. Se abre con una facilidad inesperada. Doy un paso al frente y me introduzco en la penumbra. Mis ojos se acostumbran lentamente a la falta de luz. En el interior, unas escaleras peludas descienden. Apreto la mirada. El mismo pelaje rojizo cubre el techo y las paredes. Huele a perfume y a humedad. Vuelvo a fumar y el olor de mi cigarro se acopla a la perfección en el entorno. Acaricio el techo y desciendo. Mientras exhalo el humo que me contamina, me imagino estar en el interior de la garganta de un leviatán sumido en las profundidades, en el silencio.

 

Llego a las profundidades. A mi derecha, un guardarropa; a mi izquierda, un lavabo; delante, la gran sala donde un grupo variopinto de personas espera que se encienda la luz roja. Allí bañarán sus cuerpos y desatarán sus instintos más primitivos. Lo sé, yo también voy a formar parte, pero aún no estoy preparado. Voy al lavabo. Me enjuago la boca, me lavo la cara, me miro fijamente frente al espejo. Las arrugas provocadas por el llanto y la risa parecen más profundas que las de la edad. Sonrío y me doy cuenta del engaño. Lo primero es consecuencia de lo segundo. El mismo paso del tiempo ha cambiado el brillo de un amanecer en mis ojos por el dorado ocaso que invita a la nostalgia. Cierro los ojos.

 

—Señor Ulises, lo estábamos esperando.

 

Tras de mí, un hombre vestido con una túnica blanca me sorprende. Su piel es pálida como la de un fantasma; su mirada, perdida como la de un alma sin nombre. Detenido, solo mis palabras darán sentido a su existencia. Fuera de aquí no es nadie; tal vez un empleado a tiempo completo en un trabajo que no desea, tal vez un marido no amado, no deseado; una persona más en una multitud olvidada, quién sabe. Aquí es dueño del silencio, un fantasma con una misión.

 

—Señor, sin la luz roja, todos esperan en silencio…

 

—Adelante, enciende la luz, yo ahora iré. —El hombre visiblemente contento, asiente y se marcha.

 

Conozco las reglas; yo mismo las creé.

 

Me quedo frente al espejo unos minutos más, inmóvil, contemplando mi reflejo.

 

—¿Cómo he llegado hasta aquí? —susurro.

 

Gritos de júbilo, aplausos y silbidos confirman mi respuesta.

 

—Por instinto, dejándome llevar —me contesta mi reflejo.

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