Ana Fortuny

El camión amarillo

He visto el camión amarillo muchas veces.  Coincidimos en la 27 calle a las 6:30 de la mañana.  La fila de carros y motos es interminable, y la velocidad no pasa de 10 kilómetros por hora.  Lleva la puerta trasera abierta.  Dos lazos con nudos están amarrados de tal manera que sirven para ayudar a los recolectores a subir o bajar del camión.  Se agarran a ellos y se balancean, como niños en un parque de diversiones.  Jovencitos que visten jeans y gorras de béisbol, flacos, con las manos y las caras sucias.  Una suciedad que no imaginas hasta que la ves.  Una suciedad pastosa, que se pega como un tatuaje sobre los poros, debajo de las uñas y en la ropa, y que los acompaña siempre.  Se acercan a las casas y toman las bolsas de plástico que encuentran en la banqueta al lado de las puertas.  A mano alzada, sin guantes, las recogen y las arrojan sobre el piso del camión.  Pero podría decirse que tienen el trabajo más suave, porque salen y pisan la calle y respiran el aire viciado de smog.  

En cambio, la sombra que sobrevive en el interior va sentada sobre la montaña de basura.  No veo sus rasgos; la luz es muy tenue adentro del camión.  Solo veo que atrapa las bolsas que los chicos le lanzan.  Trabaja velozmente, y las rasga.  Saca las tripas del interior del plástico negro.  Separa los restos de comida del tetrabrik de leche o de jugo, las cáscaras, los cartones, las botellas, la ropa, los pañales, los papeles del inodoro.  Esos papeles, que en otros países se van por el retrete, los recibe la silueta sentada en el camión, porque aquí se van a un pequeño basurero al lado de la taza del baño y luego al camión.  Y es esa sombra quien los separa, antes de que lleguen al vertedero.  En posición de Buda sobre su montículo, abre cada bolsa, hurga, huele todo lo nauseabundo que de ella sale, y se alegra cuando aparece un recipiente untado de queso crema que aún se puede comer. 

 

Veo el cabello, los ojos, los labios sucios de los muchachos, pero no los de la silueta. No sé si es joven o entrado en años, no sé siquiera si es hombre o mujer.  No sé si es un niño o una niña.  Sólo se ven los brazos y las manos oscuras recibiendo una y otra bolsa.  Ni un minuto, ni un segundo aguantaría yo adentro.  Y el caso es que no es solo un camión.  Habrá tal vez unos seiscientos en la capital, cada uno con los dos equilibristas o acróbatas, aunque podrían ser más, y una o varias siluetas que se difuminan.  El chofer llevará la espalda rota de tantos viajes, un ir y venir por el laberinto de la ciudad, de lunes a sábado, desde el amanecer al atardecer.   

Y entonces me pregunto por qué revuelo del destino, es esa silueta la que descuartiza bolsas mugrientas, en vez de ordenar una tras otra estas palabras antes de dormir.