El camino | Noelia Cuadrado
Abrió los ojos y no reconoció nada. Ni la cama, ni las paredes, ni el sonido lejano que parecía surgir de un lugar imposible. Aquella habitación lucía como la de un hotel. A su lado, un amplio ventanal por el que entraba una brisa que balanceaba unas translúcidas cortinas blancas. En el suelo, unas huellas de pies descalzos. El sentido las llevaba desde la cristalera hacia la cama. Miró los suyos: no parecían manchados. El ruido subió ligeramente de volumen.
Al salir, un paisaje selvático la recibió. Un camino formado por unas baldosas de color teja se abría ante ella. Las pisadas continuaban por el sendero. Avanzaba, pero no percibía el sonido más cercano, ni tampoco más lejano. Se concentró en este: era como un chirrido metálico. De fondo, unas risas comenzaban a tomar más fuerza. A los lados del paseo, había montones de periódicos, con titulares de sucesos ocurridos en los últimos años. Intentó buscar una lógica que los relacionara; sin embargo, la única conclusión a la que llegó es que todos se referían a momentos dramáticos históricos. Los dejó atrás, y prosiguió.
Una tierna vocecilla canturreó: “En la calle-lle veinticuatro-tro…”. Y, en medio de la senda, un vaso de cristal. Lo tomó: tenía el logo de Nocilla grabado. Estaba vacío. El runrún ya constante del chirrido metálico y las risas cambiaron del mismo modo que una radio antigua al sintonizar otra frecuencia. Se tapó los oídos, pero no consiguió suavizarlo. Cuando este paró, una voz familiar gritó: “¡Quiero el informe para mañana!”, y un montón de folios cayeron sobre ella. Tomó algunos: eran facturas (de la luz, del gas, del agua…). También había algún recibo bancario. Un escalofrío la sacudió de arriba a abajo. Frotó levemente sus brazos con sus manos para calmar su piel erizada. La vegetación comenzaba a ser más frondosa; la luz del sol apenas la atravesaba.
El miedo e intriga que sentía cambiaron por una profunda tristeza, que se apoderó de ella sin saber el motivo. Una sintonía muy familiar irrumpió de nuevo con el eco de fondo. La identificó inmediatamente: era la cabecera de un programa de su infancia llamado “¿Qué apostamos?”. La canción, muy animada al principio, rápidamente se tornó lenta y grave, hasta que cesó.
La espesura del bosque se despejó ligeramente; el sol brillaba en su cara. A pesar de que el sonido de fondo continuaba, se podía oír también el cántico de los pajaritos que veía posados en los árboles. Tras un par de minutos de haber estado caminando, estos se espantaron y salieron volando estrepitosamente cuando aparecieron ruidos estridentes de coches y pitidos. Miró a ambos lados: hasta donde su vista llegaba, solo había campo. Bajó la mirada: en las baldosas vio una rayuela pintada con tiza.
El sendero parecía terminar en una especie de plaza circular. Las huellas desaparecían allí, y el silencio llegó. En el centro había algo: el cuerpo de una niña. Se acercó un poco más; vio que estaba tumbada sobre un charco de sangre. Se asustó; se llevó las manos a la boca para contener el grito. Inmediatamente percibió un olor a óxido y sintió un fluido templado recorrer sus mejillas y deslizarse por su cuello. Retiró las manos; las observó: estaban manchadas de sangre. Su vista se nublaba al ritmo acelerado de su pulso cardíaco. Se acercó a la niña; su corazón dio un vuelco. Aunque hacía muchos años que no la veía, la reconoció en seguida. Esos ojos, inertes, eran los mismos que la miraban cada mañana desde su reflejo. En la rodilla derecha, vio las mismas cicatrices que, al avanzar su edad, le dolían con cada cambio meteorológico.
Una voz aniñada dijo tras ella: “No me escuchaste”. Se dio la vuelta rápidamente, pero no vio a nadie. De nuevo, a sus espaldas: “No me escuchaste”. La frase se repitió desde diferentes puntos de la plaza. Ella giró sobre sí, más y más rápido, a medida que la voz aumentaba la velocidad y el volumen. Gritó, y se desplomó. De su cabeza, un río de sangre brotó y desembocó en el mar rojo sobre el que yacía su cuerpo infantil.
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