El botín | Ana Patricia Martínez
El cuerpo yacía en la cama bien cubierto por el edredón y aparentando estar dormido. Se trataba de una bella joven de dieciocho años, cuya madre, al ir a despertarla, la sintió muy fría.
Mientras trataba de reanimarla encontró restos de su cerebro en la almohada y nos llamó desconsolada. Le indiqué, por el teléfono, que no tocara nada.
Llegué con otro oficial que tenía más experiencia pues yo era una novel policía acudiendo a investigar mi primer caso de homicidio. Él quería ver si yo podría resolver el caso, lo tomé como un reto.
Recorrí con la vista el cuarto y noté que la ventana estaba cerrada por dentro. En el buró se encontraba su celular, en un sillón un camisón con estampado de Barbie y en el perchero colgaba su bolso y la mochila porta laptop. Todo parecía normal a excepción del cadáver en cuya cabeza apenas se notaba la entrada de una pequeña bala calibre 22.
Caminé por toda la casa tratando de encontrar pistas mientras hablaba con la desconsolada Sonia, la madre, quien me contó que vivían solas y que su hija era una buena muchacha estudiosa y alegre. Todo el mobiliario era sencillo pero muy limpio y ordenado, se respiraba amor.
No tenía idea de quién pudo hacerle tanto daño pues Lorena era muy querida y no tenía enemigos como es común a esa edad. Ni siquiera quería tener novio a pesar de que varios muchachos andaban tras ella.
Le pedí a la afligida mujer que desbloqueara el celular de Lore y su computadora para revisar si tenía alguna relación tóxica o un acosador que la amenazara. Por fortuna ella sí sabía las contraseñas pues era muy cercana a su hija. Un investigador se puso a trabajar en eso mientras yo seguía indagando. Al cabo de un rato me informó que no encontró nada.
Noté que no había señales de entrada forzada y eso me pareció muy extraño. Aunque no había duda de que Sonia estaba sufriendo y nada me hacía sospechar de ella.
La interrogué para saber si había hecho alguna reparación en la casa recientemente pues, a veces, los trabajadores roban llaves para regresar después. Ella dudó pues no tenían objetos de valor que les quisieran robar, pero recordó que unos días antes les instalaron el servicio de internet. Al otro día, no encontró sus llaves por lo que tuvo que sacar una copia de las de su hija. No lo relacionó con el instalador pues pensó que las había perdido en el supermercado.
Volví al cuarto de Lore y después de ponerme los guantes me dispuse a procesar la escena. Tomé fotos y recogí cabellos, recolecté las huellas de la alfombra y encontré el casquillo tirado debajo de la cama.
Mientras lo hacía trataba de encontrar la razón que tuvo el trabajador para regresar y matar a la muchacha sin haber robado nada. No había otro posible sospechoso. Y en ese momento lo supe, destapé el cuerpo advirtiendo que estaba desnudo y con visibles marcas de abuso sexual, el botín fue ella.
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