El adiós | Noelia Cuadrado
Antes de salir del portal, se repartieron el dinero recibido de aquel chico por la compra de lo último que les quedaba ya en común: el sofá. Se miraron sin saber qué decir y se abrazaron. Un abrazo frío que ponía un punto final. Un abrazo sin amor, sin pasión, sin despertar ninguna de las emociones ya apagadas. Solo trasmitía miedo, tristeza y, sobretodo, mucha incertidumbre.
Subió a su coche, cargado con las últimas pertenencias que le quedaba por llevar. Atrás dejaba la que consideraba su casa, su barrio, y su vida.
En los últimos años todo había cambiado: una vida monótona, aburrida, días que transcurrían entre el trabajo en la oficina y las horas muertas en casa. Sentía que ella no era la misma ya, pero, sobretodo, que él era otro ser muy diferente del que se enamoró años atrás.
“La vida es así, esto es lo normal. El amor se acaba con los años”, se repetía a sí misma una y otra vez para convencerse de que su vida, monótona y aburrida, era la que debía ser, la normalidad dentro de la corriente que arrastra.
Leía hasta altas horas de madrugada en el sofá; cerraba el libro y lloraba antes de irse a dormir. ¿Cuál era el motivo esa noche? No lo sabía. Se metía en la cama mientras él ya dormía, maldiciendo lo tarde que era y las pocas horas de sueño que tenía por delante antes de que el despertador sonase para ir a la oficina.
Los últimos meses fueron aún más duros; por no haber ya ni había discusiones entre ellos. A la lista de emociones muertas se sumaron también la ira, la rabia, la frustración. Ya no sentía nada, ni bueno ni malo. Su único aliciente era soñar, soñar despierta con una nueva e inverosímil vida. Pasaba horas imaginando que sus días transcurrían en otra ciudad, en otra casa, en otro trabajo, con otros amigos. Nada era real en ese mundo paralelo, tan siquiera ella misma.
Ahora, en su coche, de camino a su nueva casa, recordaba esos pensamientos. Y, sobretodo, esa frase: “La Vida es así, esto es lo normal. El amor se acaba con los años”, que retumbaba una y otra vez en su cabeza, como un martillo de sentencia final. ¿Había tomado la decisión correcta?
El miedo y las ganas de vivir algo nuevo recorrían su cuerpo a partes iguales de una forma eléctrica.
Esa misma mañana había enviado un mensaje de WhatsApp a su grupo de amigos. Un mensaje que había revisado previamente durante horas, pero al cual seguía dándole vueltas aún después de enviarlo. El silencio que llevaba recibiendo por parte de sus amigos durante las últimas semanas, desde que les comunicó su decisión de romper con su pareja después de casi 12 años, hacía que se sintiera aún más sola y, sobretodo, juzgada. Juzgada y condenada. ¿Su crimen? Decidir buscar una vida mejor, una vida que la llenara. Le había dado al botón de enviar y había apagado el teléfono antes de ir a recoger sus últimas pertenencias.
Abrió la puerta de aquel apartamento de 20m2, sin apenas muebles, a la espera de la llegada de los suyos, con muchas cajas repartidas por el suelo. Era más pequeño de lo que recordaba, y estaba más sucio. Desprendía un olor de pertenencia a otra persona que no era ella, aún no era ella.
Tanto su mente como su alrededor eran caos. Ese caos que quema. Que no sabes si ordenarlo o si salir corriendo para no arder con él.
Tomó un taburete y se sentó frente al ventanal a disfrutar de sus nuevas vistas. A pesar del frío de Marzo, el sol iluminaba y calentaba ese rincón. Cerró los ojos y respiró hondo. Sacó su teléfono y lo encendió. “Mensaje leído”, indicaba WhatsApp. 0 mensajes recibidos. 0 llamadas.
Abrió la app de emails. Revisó una vez más el último correo recibido: reserva confirmada. Vuelo Madrid-París. Un fin de semana. Un billete. Comenzaba la cuenta atrás. Igual la soledad no era tan mala como siempre imaginó.
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