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División juvenil | Roy Carvajal

División juvenil | Roy Carvajal

El balón flotaba en cámara lenta, como si el tiempo quisiera burlarse de mi ansiedad. Ronny estaba parado allí cuando el pelotazo lo derribó.

Me decían Guido, el penalero, capitán de un equipo de secundaria. El profesor de Educación Física era nuestro árbitro improvisado. En la clase del cuarto año me tocó jugar con aquel chico desnutrido y callado del pupitre del fondo, ensimismado en su cuaderno de dibujo.

—¡Levántate y ponte la camiseta, hoy serás defensa! —le ordenó la voz del profe que salía de su bigote de gendarme, a la vez que le aporreaba con la gorra del Manchester. 

Obediente, sacó el uniforme de su mochila y marchó tras de nosotros hacia los vestidores. Salimos al patio y nos distribuimos en dos grupos a cada lado de la cancha. Mi equipo era un retrato al desorden. Yo intentaba parecer serio subiéndome el elástico del calcetín. Nico, palpándose el trece de la suerte en la panza de su camiseta al revés. Camacho, el gordobola, rascándose las liendres atrapadas en su pelo lleno de Plastigel. Marcelo, nuestro portero, enorme como roca, buscando elefantes en su nariz antes de ponerse los guantes. Luisillo, apodado enano de circo, soltando gases envuelto en una camiseta inmensa como sábana, mientras que el flacucho Ronny se ocultó detrás de mí, cabizbajo y sereno. 

Pitazo inicial. 

El profe lanzó la pelota al aire. Gané el duelo contra Orlando, un alumno que repitió tres  veces el cuarto año y nunca fue a bachillerato. Aunque yo era tan corpulento como él, no era fácil ganarle la pelota a ese mandril con mayoría de edad. De un cabezazo se la pasé a Nico y este se la pasó a Camacho, quien hizo otro pase mientras yo me adelantaba, con Orlando pisándome los talones. La pelota pasó frente a Ronny que se mantuvo inmóvil viéndola rodar. Por fortuna Luisillo la interceptó. Antes de que me la pasara, Orlando lo aferró de la camisetota y lo reventó contra la gramilla. Me puse detrás de él pero tiró al arco. Marcelo atrapó el misil de un salto épico y la mole cayó aferrando su tesoro. 

Saque de puerta. 

Nos tenían acorralados. Yo pegaba carrera tratando de motivar a mis compañeros, y a la vez, tiraba lente a las compañeritas de voleibol tras la malla, al lado de la cancha, que me vieran dirigiendo a estos troncos de jugadores. Miré a la portería rival y Ronny se plantó frente al arco desobedeciendo las reglas del juego.

—¡Vuelve a la cancha, imbécil, es offside! —le grité en vano.

Orlando, rabioso, corrió hacia el flacucho y lo empujó pegándole la cabeza contra el poste. Ronny se levantó ayudándose con la red. Arrastró los pies con desgano hacia la cancha sobándose la sien. Las carcajadas reverberaron en la pequeña gradería. Me sentí mal por él, una extraña responsabilidad. El profe pitó un penal. Sería yo quien lo cobrara. Si ganábamos, entraríamos a la División Juvenil y me vería algún club importante. Coloqué el balón en el punto y respiré profundo. Mi disparo fue potente pero el rival rechazó con los puños. La pelota voló hacia Ronny que miraba las nubes. Rebotó en su frente y el balón salió disparado hacia una esquina del arco.

—¡Gol! —resonó.

Instante de locura. Todos corrieron hacia él, que cayó sentado por el pelotazo, lo levantaron en hombros y los vítores hacían eco. Apenas reaccionaba por mi penal errado cuando vi su cara sorprendida y sonriente. Algo en su mirada me decía que, por primera vez, éramos parte de algo. 

Pitazo final.

 

***

 

Terminé casado con una voleibolista del primer año, las faldas vencieron a la testosterona y me aferré a un puestillo de masajista. Los domingos, cerveza en mano, vemos los partidos de La Liga y me enorgullezco de ver a mis hijos vitoreando las jugadas. Al entretiempo les cuento esta anécdota cada vez que la televisión muestra a su estrella, El Flaco Ronny, levantando trofeos, ganando campeonatos, medallas y balones de oro.

—¡Yo fui su capitán! —les digo con el pecho inflado—. ¡En el colegio hizo un golazo!

Y aunque estén convencidos de que su padre es un gran mentiroso y se rían en mi cara, sé que algún día recordarán mis palabras.

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