Enrique Gómez

Corazón reciclado

Encerrada en el baño Bella pasaba por uno de los peores momentos de su vida. Aunque se negaba a aceptarlo, estaba convencida de que los cambios en su estado de ánimo, las náuseas y los vómitos, eran síntoma de que se encontraba embarazada. La seguridad de la familia estaba en riesgo. 

Fue a la recámara de su hijo Danielito a despertarlo para llevarlo al servicio educativo. Cuando vio que dormía plácidamente, ajeno a la situación que le rodeaba, sus ojos se humedecieron. Pensó que él no tenía la culpa de vivir en ese mundo tan inhumano.

Desde que ella tuvo uso de razón vivían en ese sistema perfectamente organizado, donde la sociedad se regía por ciertas reglas para sobrevivir. 

El ecosistema no formaba parte de la supervivencia. Según información de sus dirigentes, y las imágenes que continuamente se veían reflejadas en las pantallas, en el mundo exterior, no existía nada. La contaminación acabó con todos los seres vivos. Las sustancias y mezclas químicas, así como las sintéticas, eran parte de su alimentación. La única carne que consumían era de humanos. 

Como regla general, sin excepción, se obligaba a las mujeres a completar tres partos. Únicamente podían criar a un hijo, los demás, los entregaban para que sirviera de alimento a la población. 

Bella estaba muerta de miedo, se preguntó una y mil veces por qué no eran libres de hacer lo razonable. Si se daban cuenta de su embarazo tendría vigilancia permanente hasta llegar el momento de entregar a su criatura. 

Por otro lado, escuchó comentarios sobre la existencia de un lugar en el exterior, con supervivientes. Con otro estilo de vida. Además, había espacios de tierra buena, y sembraban. Aunque nadie había corroborado si aquello era cierto. 

Todo podía ser solo una esperanza a la que se aferraban.

No se le obligaba a nadie a permanecer en ese lugar, no eran prisioneros. Tenían plena libertad de salir, pero si lo hacían, no se les permitía regresar. 

Bella le dio vueltas y vueltas al asunto, y en aquella desesperación en la que vivía, creyó ver un consuelo a su desgracia.

En otro panel tenía una prima llamada Carol. El parecido entre ellas era impresionante. Nunca se había embarazado, por razones desconocidas, así que se le ocurrió una idea para solucionar el problema.  

Bella le enteró de su estado. Aunque se espantó al saberlo, cuando le dio a conocer el plan lo aceptó sin temor al riesgo. 

Durante los exámenes y el control Bella se hizo pasar por la prima. Engañó al sistema utilizando sus documentos en el registro. 

Avanzó el tiempo. Carol llevaría todo el proceso de embarazo, así se facilitaría que, al nacer la criatura, se quedara con ella. 

Cuando más confiadas estaban en su plan, una situación vino a descomponerlo todo. Carol tuvo un embarazo real e imprevisto. Tendría un hijo propio, al que tenía derecho. 

Bella no aceptaba los cambios del destino. De nada le servía ocultar su decepción, ni mantenerse a dieta para no engordad. No había solución posible para ella.

A partir de ese momento los días estuvieron plagados de oscuridad. No existía ni un rayo de luz que ilusionara a su corazón. 

Una mañana antes de llegar el alba salió del departamento.  No deseaba que la familia se diera cuenta de sus intenciones. Con paso seguro caminó hasta llegar a la puerta principal del panel, que jamás se abría. Al verla los guardias le pidieron de inmediato que mostrara sus documentos de identificación, y que dijera el motivo de su presencia. Después de registrar la baja voluntaria la puerta se abrió. 

Con los ojos llenos de lágrimas, y con la esperanza de ver un nuevo amanecer se encaminó a la salida. Desconocía a donde la llevarían sus pasos, si había algo más allá de la nada, pero estaba completamente decidida a tener al hijo que llevaba en sus entrañas, al que ya adoraba. Aunque el precio que pagara por ello fuera tan alto.