Adicto

José Luis Rivas

No sé quién soy. Habito un túnel de locura y miseria. Me arrastro por un mar de inmundicias. Me ahogo. Los monstruos me arrebatan. Estoy a merced de las ratas que pueblan mi cabeza. Escarbo en el suelo con mis manos rotas, buscando arena y tierra, pero solo encuentro cemento.

Danielito, levántate, mi amor, o llegarás tarde al colegio. El desayuno está servido: los cereales que te gustan y la leche tibia. Tu padre ya ha salido. No olvides que esta tarde tienes clase de violín. Ven aquí, dale un beso a tu madre. Yo te recogeré para que no tengas que venir andando.

En los cables que cruzan los techos de los edificios, veo cabezas de caballos chorreando sangre. Míralos, ahí están: me observan con ojos enormes. Al escapar, tropiezo con los cuerpos de otros infelices que duermen arropados con sus propios harapos. Corro al contenedor, pero ya otros se me adelantaron. Otro día sin comer. Una anciana me da un bollo y un café. Viene todos los días, pero no siempre me toca. Quisiera contarle cosas, que me escuche, pero ella dice que ya sabe lo que es pasar hambre. La amo, si es que se puede amar desde esta condición.

Buenos días, Claudia. Buenos días, señora. Danielito tiene buenas notas, pero a veces se aburre, se pone triste y se aparta de sus compañeros. ¿Algún problema en casa? No, somos una familia normal.  No le falta nada. Bueno, el papá viaja mucho; a veces pasa más de una semana sin verlo. Y, cuando vuelve, el pobre está muy cansado. Yo le doy cariño por los dos. Muy bien, trataré de hablar más con él. Aunque, por experiencia, le digo que el problema no está en el colegio.

Encuentro un periódico para taparme por las noches. Mis compañeros dicen que soy importante porque sé leer: ellos no tienen esa suerte. Yo les enseño, pero las crisis no nos dejan. Por las noches nos pinchamos: es más necesario que conseguir comida. Por un rato estoy en la gloria, en éxtasis; soy capaz de cualquier hazaña. Luego caigo en un pozo sin fondo del que no puedo salir.

Papá, el viernes es la fiesta del colegio; me han dado un papel en la obra, ¿vendrás a verme? No puedo, hijo, tengo un viaje de negocios inaplazable. Ya tendremos otra oportunidad. ¿Te gustaría ir a pescar? Me lo has prometido varias veces. También me dijiste que irías a los partidos de los sábados: todos los chicos van con sus padres. Bueno, ya encontraremos un hueco. No fastidies. 

Oye, tío, siempre estás aburrido, ¿por qué no te vienes con nosotros? Hemos encontrado un escondite fantástico. Lo llamamos “la gruta del placer”. Verás qué bien te lo pasas. ¿Qué te parece la cueva? Está fenomenal, aquí nadie nos ve. Encendamos la yerba. Le das una calada y se la pasas a tu compañero. Si ahuecas la mano, rinde más. A que mola. Consíguete unas pelas para la yerba y mañana volvemos. 

Hace mucho frío, y en la acera no hay reparo. Nos juntamos unos con otros para darnos calor. La gente nos mira con gesto de asco. Luego viene la policía, y muchos se van a los refugios, donde se bañan y les dan comida caliente. Yo fui una vez, pero ya no vuelvo aunque me congele. Allí ni siquiera se puede fumar. Mi casa es la calle, porque es donde consigo la coca y donde me voy a morir.

Lo siento mucho, señora. Su hijo está en un grupo de jóvenes que consumen  marihuana y, como director del instituto, no lo puedo permitir. Entiendo que, cuando los padres están separados, los muchachos tienen más problemas de conducta. Le sugiero que lo inscriban en una institución para curar la adicción. Aquí no podemos hacer nada más.

A veces, cuando estoy colocado, sueño que tuve una familia, amigos, una madre cariñosa y la imagen borrosa de un padre ausente. Pero de eso hace mil años: ahora soy un sintecho, como nos llama la gente bien. Quiere decir mendigo,  harapiento, pordiosero o drogadicto. Drogatas, como nos etiqueta la policía. Yo me llamo víctima; es lo que me gusta creer.