Cielo loco | Raquel Corrales
El cosmos me habla. Desde hace dos años exactamente. Me habla, y me guía en la vida. Muchos dicen que estoy loco, que no atiendo a razones. Pero las estrellas me susurran cada noche y yo las escucho con calma. Soy un científico concienzudo, temperamental, disciplinado, metódico y puntual. Cada miércoles desde hace un par de años, acudo al monte con mi telescopio a observarlas. He estudiado cada constelación, cada simbiosis estelar, cada punto de luz de las que estamos a millones de kilómetros de distancia. Pero eso no impide que me hablen. Sus voces, al igual que su forma, son distintas. Por ejemplo, las estrellas de la Osa Mayor, son escandalosas, entrometidas, impertinentes. Hace cuatro días me tomaron el pelo —el poco que me queda— diciéndome una combinación errónea del euromillón. Son muy guasonas, siempre bromean con eso. En cambio, el sol, la gran estrella de nuestro sistema, me narra auténticos ensayos históricos. Aprendo mucho con él. Desde la era de los Dinosaurios hasta la actualidad. Lo sabe todo, incluso cosas que no se hallan en los libros. Está cansado de alumbrar día sí y día también nuestro mundo, y me confiesa que quiere jubilarse de una vez. Le gustaría visitar a su oponente: la luna, pero no sabe cómo llegar hasta ella. Tan solo la percibe como una sombra en los eclipses y para él no es suficiente. La desea, desde el principio de los tiempos y está cansado de esperar. Es un ser muy entrañable nuestro sol. Arde de deseos buenos y casi siempre está feliz. Sabe que, sin él, nada sería visible, ni siquiera las otras estrellas puesto que lucen gracias a su luz.
Los cometas son rápidos y audaces y cada vez que los he visto he captado sus mensajes. Suelen ser breves palabras que anoto en mi cuaderno: “brócoli con queso”, “azul versus negro”,”yiropaaá”, etc … Sus palabras resuenan en mi mente a gran velocidad. Son cosas sinsentido, aparentemente, pero sé que algún día daré con un verdadero significado. Resolveré el enigma que me quieren transmitir. El cielo no calla, susurra fuertemente y solo yo soy capaz de oírlo.
Mis estrellas preferidas son las blancoazuladas, científicamente llamadas “estrellas tipo A”. Me hacen reír a carcajadas con sus ocurrencias. Son como niñas pequeñas, juguetonas e inocentes que campan a sus anchas por el universo. En cambio, Sirio, que es un sistema estelar doble, es arrogante como él solo. El otro día me dijo que yo era un hortera. Así, sin más, me insulta y ridiculiza. Su voz es bastante aguda, y me molesta escucharle. Pero yo no elijo a quien oigo o dejo de oír . Cuando me hablan varios a la vez, tengo que mandar señales a través del telescopio a modo de pausa, igual que damos las largas en la carretera para advertir de algo al coche que tienes enfrente.
Estoy aprendiendo a educarlas, a que respeten el turno de palabra, a que no se pisen entre ellas. Pero es complicado. Complicado y agotador. Todos los miércoles debo tomarme un orfidal para conciliar bien el sueño, porque me acaban estresando.
El cielo a veces está cubierto de nubes y me cuesta acceder a mis estrellas. Pero, incluso en esos días ténebres, sus voces llegan a mí. He tejido un vínculo muy especial con mis esferoides. Y como si de una gran fiesta se tratase, aparecen nuevos y radiantes objetos lumínicos cada noche.
No estoy loco, no. Solo he desarrollado un sentido diferente al vuestro. Mi pasión y dedicación por el cosmos ha hecho de mí un ser extraordinario que oye voces allá en el infinito. No tengo una base científica para explicar este fenómeno, pero tengo mi propia teoría. Y es que cada vez que alguien fallece aquí en el suelo terrenal, se proclama y se expande hasta el cielo, poblando y formando una nueva masa de gas lumínica a la que podré escuchar.
Así que, más allá de la magia, mi experiencia me dice que alguien seguirá mis pasos. Y cuando unos pocos seamos capaces de escuchar a las estrellas, entonces habrá merecido la pena.
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