Ciclo perpetuo | Andrés García
Habito una cabaña mohosa al borde del abismo urbano, inmerso en la penumbra de una ciudad desgastada. Mi vida es un ciclo de eventos tan sombríos como el eterno cielo nublado que cubre la ciudad. Cada mañana me despierto al sonido de un viejo reloj de cuerda, cuyo tictac es un recordatorio del paso del tiempo, un tiempo que parece marchitar todo en su camino.
Con la pala herrumbrada por los años, me dirijo al parque central. A mi alrededor, las chimeneas de las fábricas abandonadas se erigen como monolitos de una extinta era industrial. Allí, en el centro del campo, me espera impasible, el agujero siempre rellenado durante la noche por manos desconocidas o por la misma negrura que parece consumir la ciudad.
Vivo en una cabaña enmohecida al filo del precipicio urbano, sumido en la oscuridad de una ciudad en decadencia. Todo rincón es un lienzo envejecido.
Con cada palada, al remover la tierra, siento como si cavara en las profundidades de mi alma, extrayendo el desgaste que años de repetición han acumulado. No hay música en mi vida, solo el eco sordo de la tierra al caer.
Al terminar mi tarea, marco el agujero de nuevo lleno, como si ocultara mi esencia más íntima de la que prefiero alejarme. Cada montón de tierra que remuevo es un secreto enterrado, una parte de mí que me niego a ver.
Mi existencia transcurre en un ciclo de sucesos tan lúgubres como el perpetuo cielo encapotado que envuelve la ciudad. La melancolía se arrastra por las calles vacías en un rumor sordo y constante.
Regreso a mi hogar al anochecer, cuando las sombras se alargan tanto que parecen querer devorar todo a su paso. Mi cena es tan gris y sin vida como el entorno que me rodea—pan duro y agua tibia—alimentos que consumo sin gusto ni apetito, solo por la necesidad de sustento.
Por las noches, me siento frente a una ventana rota, observando cómo la oscuridad envuelve la ciudad. Le hablo al vacío sobre mis pensamientos más profundos, susurros que se pierden en el viento. Imagino que cada noche, entidades ignotas tapan el agujero, quizás en un ritual macabro o como parte de algún designio incomprensible que me condena a repetir mi tarea día tras día.
Cada amanecer, soy despertado por el tictac de un antiguo reloj de cuerda, un sonido que marca el implacable paso del tiempo, marchitando todo a mi alrededor. En mi entorno, los días se deslizan sin dejar rastro ni promesas.
En la penumbra de mi habitación, mientras el mundo exterior se desvanece, experimento una presencia etérea que marca la monotonía de mi existencia. El agujero, mi tarea diaria, se transforma en un espejo de mi rutina incesante. En mí, solo existe el ciclo interminable de cavar, día tras día, bajo el inmutable cielo gris.
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