Carambola

JL Rivas

Las carambolas que tiene la vidaHace años que no  te veía. Y ahora estás aquí, como si nada hubiera pasado. Flaco, encorvado, calvo y con profundas ojeras. Estoy mirándote desde hace rato. Se te nota el temblor en las manos al empuñar el taco de billar. Eres el hombre que arruinó mi vida. Por tu culpa me encerraron siete años. Por tu culpa me dejó mi mujer, cansada de esperar. Le ofreciste tu hombro, y tu dinero mal habido, porque los chicos tenían que comer. Por eso la perdoné.

¿Te acuerdas de las timbas en la peluquería del italiano, que se salvó de la cana a último momento, porque salió corriendo y, en su despiste, pasó por delante de la comisaría? Cayó solito en los brazos de la policía y cantó hasta el apellido. Ese fue el comienzo del fin. La Banda Invencible, como te gustaba llamarla, se dispersó y cada uno buscó su escondite. Cuando te cogieron, me delataste como el cerebro de los robos y te dieron solo un año por haber colaborado con la justicia.

Ahora pareces un gallo desplumado, buscando la postura para hacer una carambola; antes hacías veinte de tacada. Eras un tipo inteligente. Nos dabas cátedra. Después de tus charlas, nos sentíamos capaces de asaltar la Casa de la Moneda. El más embelesado era el Negro Villegas que, en el segundo atraco, se murió de un infarto cuando escuchó las alarmas.

 ¿Te acuerdas del gordo Pánfilo? Le pusimos ese apodo porque nunca tenía prisa. Pero era fiel como un perro. Te aprovechaste de él, poniéndolo como escudo cuando las cosas se ponían difíciles. En un tiroteo, haciendo de campana, le dieron en una pierna. Estuvo en el hospital, pero la perdió. Su mujer, con cuatro hijos, se tuvo que ir al pueblo a vivir con sus padres. 

¡Carambola! Al fin hiciste una. Estoy a punto de aplaudirte, si no fuera porque yo vine a otra cosa. Nunca me tragué tus promesas de hacernos ricos. “Un trabajo más y será el último”, decías. Después nos retiraríamos a vivir en el Caribe. ¿Cómo pudimos ser tan estúpidos?

 Ahora te encuentro en este cafetín de mala muerte. Eres patético, estás acabado. ¿De qué vives? ¿Robas la cartera a viejecitas indefensas? ¿Estás formando otra banda? ¿Son esos desgraciados que juegan contigo? Durante todo este tiempo, he soñado con encontrarte. He ido creciendo en rabia, en odio. Para hacerte pagar por mi mujer, por dejarla tirada. Y por mis hijos, a los que enseñaste a robar y ya conocieron la cárcel. Pero ahora no siento nada; no sé por qué. Para mí nada vale la pena, ya no tengo sentimientos. 

Hola, Jefe, siempre fuiste bueno para el billar. ¿Jugamos una partida? —Levantó la cabeza del cono de luz y empalideció. Quiso hablar, pero no pudo. De haberlo hecho, habría intentado embrollarme con sus malditas mentiras. La mano que aún sostenía el taco comenzó a temblar—. ¡Por favor, señores! —digo con firmeza—, retírense. Ustedes no tienen vela en este entierro.

El Jefe hizo ademán de irse pero ya era tarde. Mi cuchillo encontrará tu cuerpo una, dos, tres veces… tantas como los pobres infelices cuyas vidas destrozaste. En tus ojos, capaces de engañar al mismo diablo, solo había terror y súplica. Alcé el arma, pero un destello de lucidez me apartó el brazo. Me vi de nuevo en prisión. No mancharé mi alma con este infeliz, que ya está muerto en vida. Pensé en mi mujer, en mis hijos. Tal vez todavía pueda hacer algo por ellos. Envainé mi cuchillo, y salí. Tranquilamente.