Mirtha Briñez

Camino

Marietta y Joel regresaban de pasar unos días maravillosos. Él  se había divorciado y ella iba  a hacer lo mismo;  sus hijos se marchaban a la universidad,  no tenía sentido seguir con la farsa de un matrimonio fracasado desde  hacía muchos años. Esta  sería la última vez que viajarían por separado, como lo habían hecho siempre para guardar las apariencias.

Cuando estaban chequeando la salida, se enteraron que los vuelos habían sido cancelados por mal tiempo, el recepcionista  les ofreció el servicio de alquiler de autos, el próximo aeropuerto estaba a dos horas. Debían darse prisa, no contaban con muchos autos, dada la premura de Marietta por llegar: tomaron uno.

El empleado junto con las llaves les dio un mapa y una brújula, en parte del camino no había señal para el móvil ni para el GPS. La carretera era amplia pese a lo intrincado del terreno. El paisaje lucia yerto, la nieve tenía un color ceniciento, los árboles eran escasos, y las montañas eran de rocas afiladas y grises. 

Había transcurrido más de una hora, cuando se desató una tempestad, los aparatos electrónicos continuaban muertos. En el  camino observaron varios desvíos, según el mapa conducían a pequeñas villas. Marietta por el frío tenía una necesidad urgente, no podía esperar a llegar a la ciudad.  A la entrada de uno de los  pueblo había una estación de gasolina 

Joel pidió café y  emparedados de jamón y queso. También preguntó cuánto tiempo faltaba para el llegar a la ciudad; quedó sorprendido al escuchar que aún  faltaba más de una hora. El empleado le sugirió  seguir por ese camino y bordear la montaña. Ella le  pidió que le indicara la ruta en el mapa. Al parecer el joven estaba en lo cierto. No entendía por qué en el hotel le habían dicho que estaba a dos horas de camino. Era sensato llenar el tanque de combustible.

Marietta opinaba que era el peor café que había tomado en su vida pero el pan lo superaba; el queso y jamón estaban rancios. La lluvia había cesado para dar paso a la niebla, el camino era estrecho, sin embargo el paisaje se veía verde y la montaña estaba cubierta por vegetación. 

Había transcurrido otra hora  y no se veían señales de la ciudad,  durante el trayecto solo se habían topado con un minibús de un grupo de rock. Comenzaba a oscurecer. Les llamó la atención que todas las villas tenían nombres celestiales. Al ver el aviso de Villa de los Ángeles, ciento cincuenta habitantes. ¿Qué extraño?… no aparecía en el mapa, sin embargo Joel sé desvío, a pocos metros  encontró el paso obstruido por un rebaño de ovejas, se acercó al pastor para preguntar si la ruta era correcta. El hombre asombrado le respondió que ese camino no conducía a ninguna ciudad. Solo se podía llegar a la ciudad por la carretera principal. Joel y Marietta se miraron desconcertados.

A la hora de las sombras se encontraron de nuevo con la estación de gasolina, Joel molesto se bajó del auto, quería una explicación. El local estaba cerrado y daba la impresión de estar abandonado. No había ningún empleado para despachar el combustible.

Al llegar a la carretera la noche había caído y llovía de nuevo, Él pensó que lo más sensato era regresar al hotel, no sabían exactamente cuánto faltaba para llegar a la ciudad. Estaban cansados y hambrientos. El regreso  se le hizo menos largo. Un resplandor de luces blancas, rojas y azules los alertó, se detuvieron ante la orden de un policía. 

Podían ver como la montaña y la nieve obstruían el paso, a un lado del derrumbe se veía un colorido minibús destruido, como el que habían visto en la carretera. Marietta se llevó las manos a la boca para ahogar un grito, una máquina sacaba de los escombros un auto igual al de ellos.