Cabo del gato

Enrique Gómez

Un día más, las tabernas del puerto están de bote en bote. Esta será otra noche en la que nadie saldrá a faenar por la zona de los Bancos, la mejor para la pesca de bajura, en las aguas que rodean al cabo del Gato. Ya no queda ginebra para emborrachar a tanto marinero, ni dan abasto las putas, hartas de consolarlos en sus lloros, cuando ellos se desmoronan recostados sobre sus vientres.

Desde hace semanas, hombres duros y ásperos como las rocas de los acantilados, miran avergonzados hacia el suelo, con los ojos escocidos por las lágrimas de rabia. Sus cuerpos están agarrotados por el miedo y la vergüenza de tenerlo. Beben con ansia, intentando inútilmente encontrar la fuerza para enfrentarse a la mar embravecida. Con murmullos apagados se dan la razón los unos a los otros. «La mar no quiere que salgamos», se repiten vez tras vez. 

Al principio creyeron que eran invenciones de locos. Cuando Juan “Sardinas” llegó un día poseído por la histeria, se rieron de él. Luego fue Antonio “Malacara” el que vino con el mismo cuento, y rieron también, pero menos, porque Malacara tenía fama de hombre cabal. Luego llegaron más con disparates parecidos y todos fueron comprendiendo que al cabo del Gato no había que acercarse so pena de acabar loco, o muerto.

Cuando empezaron las apariciones, a la vuelta del tajo, en las playas, nadie quería hablar para no ser tildado de cobarde o de chalado. Otra cosa era cuando la ginebra aflojaba las bocas. Entonces, unos contaban que habían visto perros corriendo hacia ellos, recortadas sus siluetas sobre el horizonte negro, entre un ruido infernal; otros hablaban de elefantes deformes barritando, con trompas que subían y bajaban. También algunos afirmaron haber visto engendros, mitad hombre y mitad bicho, que chillaban como cerdos en un día de matanza. Muchos pescadores abandonaban la labor y volvían a mitad de la noche, algunos, olvidando redes y aparejos en su afán por alcanzar la costa.

Nadie sale a faenar desde la desgracia de “Los Manueles”, una chalupa en la que navegaban seis marineros, ennegrecidos por la sal y por los vientos, que se lanzaron aterrados a las aguas revueltas, dejando la embarcación a la deriva. Solo dos de ellos ganaron la orilla a nado; de otros tres se encontraron los cuerpos en la playa, pasados unos días; del sexto hombre no se supo nada. Los supervivientes contaron que se vieron rodeados de sombras grandes como nubes: monstruos que se acercaban hasta el barco con las fauces abiertas.

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En el cabo del Gato suena AeroSmith al máximo volumen: los solos virtuosos de guitarra y la voz rasposa del solista opacan el ruido que llega desde las rompientes del acantilado. «La ventaja de ser farero es que no tienes vecinos», se dice “el nuevo”, entre calada y calada del canuto, a la vez que retuerce el botón de volumen del equipo para conciertos que hace poco compró de segunda mano. Ha instalado las columnas de altavoces en el exterior, junto a la barandilla perimetral del fanal, para ambientar sus aburridas noches.

Sacó la oposición de farero por falta de más candidatos. El trabajo no tiene muchas complicaciones para él, pero es tremendamente soporífero y muy solitario. «Hay que hacer algo para mantenerse despierto en las largas vigilias», pensó desde la primera noche. Por eso compró el equipo y escucha rock duro, a todo trapo.

Una noche de tormenta en la que estaba más emporrado de lo que era habitual, alcanzó la epifanía: encontró en Youtube un tutorial sobre cómo hacer sombras chinescas con las manos. Vio el video lo más atentamente que pudo, miró a la linterna del faro y: «¡Hete aquí!». Encontró la distracción más apropiada para el oficio de farero.

Ahora pasa las noches dibujando títeres, proyectando la sombra de sus manos sobre el fondo oscuro de la noche. Lo último que intenta es un ciervo, pero le está costando trabajo. «El jodío parece un monstruo», se ríe y lo hace bailar al ritmo de la música que suena.

«Fucking puesto de trabajo, le estoy pillando el puntito» «¡Qué grandes los de AeroSmith!»