Buscando respuestas

Miriam G.

La doctora Driltua observaba con atención el jardín interior del Centro de Repoblación Humanoide. Mientras sus grandes y verticales pupilas captaban imágenes, lanzaba apuntes telepáticos al informe que tenía que presentar:

 

23.04.68. Se observa que los sujetos humanos del módulo C, Laureen y Paul, así como sus dos cachorros (Sylvia y Thomas), han superado satisfactoriamente la enfermedad Trs25LV. Después de tres meses de aislamiento y de la evolución favorable de su condición física, se estima que en una semana podrán ser introducidos de nuevo en su hábitat natural.

 

Estaba contenta: había sufrido por la salud de esta familia de humanos, pero entonces se los veía saludables y con mejor ánimo. Los adultos incluso habían construido una especie de columpio de madera, para que sus cachorros se divirtieran. Las risas y los gritos de los pequeños resonaban por todo el módulo C, y eso ayudaba a mejorar el ánimo del resto de internos.

Adoraba su trabajo; desde que había salido del huevo, Driltua había sentido una gran curiosidad por estos mamíferos. Si bien era cierto que no llegaban al coeficiente intelectual de los dinosauroides (pues estos les llevaban algunos millones de años de ventaja y eran una especie distinta), tenían un comportamiento que a veces se les asemejaba: se organizaban en sociedades complejas, se repartían el trabajo y también mostraban sentimientos entre ellos. Todavía utilizaban un lenguaje hablado y no telepático como los sauroides, y su tecnología había tenido que ser prácticamente destruida pues, en el pasado, sus habilidades se habían utilizado de manera errónea, lo que había causado la destrucción de sí mismos y  de parte del planeta al haberlo contaminado.

Hace años, llegó un momento en el que los dinosauroides, a pesar de su política de no intervención para con las demás especies, no tuvieron más remedio, e intervinieron con el fin de salvar a todo el planeta. Fue entonces cuando empezó La Guerra por la Salvación. No duró muchos años, pero la población de seres humanos, con un nivel de supervivencia muy por debajo del de los sauroides, quedó muy diezmada.

Por desgracia, a día de hoy, los humanos estaban en peligro de extinción; ese nunca

había sido el objetivo de los dinosauroides, e intentaban evitar que esa especie se perdiera.  Por esa razón, los centros como aquel en el que trabajaba Driltua eran tan necesarios. La política del centro era estricta; permitía solamente salvar aquellos humanoides a los cuales, después de haberles hecho un exhaustivo examen psicológico, se los consideraba adecuados para el planeta Tierra, ya que muchos de ellos, presentaban un grado de destrucción (tanto de sí mismos, como del resto de las especies muy elevado). Esos ejemplos de sujetos eran los que habían llevado a los seres humanos al borde del abismo y, justamente, era lo que los dinosauroides pretendían evitar. Aunque a veces había que hacer excepciones, si no se quería disminuir aún más la población de estos seres.

Laureen, Paul y los niños fueron conducidos de nuevo a su habitación. Laureen pensaba que era gracioso referirse a ese lugar como “su habitación”, cuando era, a todas luces, más grande, más confortable que el hogar donde vivía normalmente.

Por el pasillo, se cruzaron con la doctora Driltua, y esta y Laureen se saludaron con un ligero movimiento de cabeza. Sabía que los sauroides se comunicaban telepáticamente. Aun así, a la humana la sorprendía que esos seres verdes, de ojos reptilianos y sangre tibia,  se esforzaran tanto por hablar con ellos y aprender los gestos para no resultar tan amenazadores. Le parecía tierno.

Una vez en la habitación, los pequeños se pusieron a ver unos dibugramas, y Paul se

acercó a Laureen:

—Parece que te estás encariñando con la doctora. —El reproche en su voz

era evidente—. No te olvides de cuál es nuestra misión.

—Sé perfectamente lo que hemos venido a hacer, Paul; yo también he sido entrenada

desde que era tan pequeña como estos críos. —Dio media vuelta con gesto ofendido—. Voy a darme una ducha.

«Por fin un momento de soledad», pensó Laureen bajo el agua caliente. La verdad era que Paul no iba desencaminado; cuando se ofrecieron voluntarios para infectarse de Trs25LV, su objetivo era hacerse pasar por una familia y recabar toda la información posible sobre los centros de repoblación humanoide, entregarla a sus superiores y así aprender más sobre el enemigo y las prácticas que se efectuaban allí dentro. Pero lo cierto era que, después de tres meses allí y de ver cómo los habían tratado (en especial, la doctora), empezaba a dudar sobre la causa por la que luchaban. ¿Eran realmente el enemigo? ¿O quizás los dinosauroides tenían razón, y el verdadero problema era que los humanos eran incapaces de vivir sin destrozarlo todo? Quizás el bando en el que luchaba era el equivocado… Sus superiores siempre les habían recalcado que ellos no estaban para opinar, sino para obedecer. Pero ahora lo tenía claro: los querían sumisos y obedientes para perpetuar un sistema de clases en el que ellos vivían de lujo a costa de la explotación de los más débiles.

Cuando salió de la ducha, había tomado una decisión: había oído hablar de colectivos de humanos con otras ideas más pacíficas acordes con la naturaleza. Iría en busca de

respuestas. Quizás aún no fuera demasiado tarde y quedara esperanza para la humanidad.