Andrés García

Aplausos y abismo

Descubrí el ciclismo a la temprana edad de siete años. Fue en una tarde soleada cuando vi a un grupo de ciclistas pasar por mi casa. El reflejo del sol en sus ruedas, el zumbido de las cadenas y la libertad que irradiaban con el viento en la cara capturaron mi atención.

A los diez, recibí mi primera bicicleta como regalo de cumpleaños. Era de montaña, de color azul oscuro, con un timbre plateado. Aunque no tan sofisticada como las de los profesionales que había visto, para mí era el tesoro más preciado.

Uno de mis lugares favoritos para pedalear era el monte cercano a mi casa. Lo que comenzó como pequeñas excursiones alrededor de mi vecindario, pronto se convirtieron en aventuras por los senderos del bosque. Mientras recorría caminos serpenteantes, me maravillaba cómo mi sombra se fundía con  las sombras de los árboles. El aroma de las hojas frescas, el crujido de las ramas bajo mis ruedas, el canto de los pájaros y el murmullo de los arroyos, formaban una sinfonía para mí y las ligeras pendientes me brindaban el reto justo para empujarme a dar  un poco más cada vez.

A los diecisiete, comencé a competir y el ciclismo adquirió una dimensión adicional para mí. Aunque amaba la sensación de libertad, no podía ignorar la frustración de no poder destacar entre mis rivales. Cada carrera que no ganaba, cada podio que no alcanzaba, se sumaban a la montaña de reproches en mi interior.

El Doctor Ramiro, hermanastro de mi madre y padrino mío, seguía muy de cerca mi infructuosa carrera como ciclista. Un domingo él y mi padre discutieron acerca de mi futuro. “Si aceptas mi propuesta, estaremos a mano” le dijo mi tío.

Mi tío, más que apoyarme buscaba probar un nuevo medicamento creado por él. Tenía conocimientos avanzados en bioquímica, había desarrollado una mezcla de esteroides que prometían transformar a cualquier atleta en una máquina imparable. 

Una tarde, después de otra decepcionante derrota, Ramiro me citó en un café. «Estás desperdiciando tu talento,» me dijo, sacando un frasco lleno de un líquido del color del ocaso. «Esto te dará las alas que necesitas para volar más alto que cualquier otro ciclista.» 

La ambición se apoderó de mí. Los meses siguientes, con el “elixir” de Ramiro corriendo por mis venas, logré ganar cada carrera, cada competencia. El mundo me aclamó como el nuevo campeón, pero nadie conocía lo que estaba haciendo. 

Mientras tanto, mi tío, se enriquecía. Con cada victoria llenaba sus bolsillos, y mi bienestar pasó a segundo plano. No me veía como al hijo de su hermano, sino como un experimento lucrativo. Los efectos secundarios de las drogas empezaron a manifestarse, pero Ramiro los desestimó y me aconsejó que tomara dosis aún mayores. Hasta que llegó el día en que no pude competir sin esos medicamentos.

Me hice adicto no tan sólo del “elixir” que mi tío me ofrecía, sino del vértigo del éxito. Cada aplauso, cada ovación, cada medalla se convirtió en una validación externa de mi valor como individuo. El mundo me sonreía desde las portadas de revistas y desde el fervor del público en las gradas.

Antes de conocer las pastillas, había sentido muchas veces la amargura de la derrota. En esos momentos oscuros, me cuestionaba si tenía lo que se necesitaba para ser un verdadero campeón. Pero ahora, con el medicamento, cada pedalazo me proporcionaba la misma sensación embriagadora de mi infancia.

El miedo a volver a ser un perdedor me perseguía . Recordaba las miradas de decepción, los murmullos detrás de mi espalda y el doloroso silencio de la soledad. No quería volver allí. Cada vez que los efectos secundarios me acosaban, una voz interna me decía que era un pequeño precio a pagar por el estatus de leyenda.

Era imbatible hasta que la tragedia golpeó. Un día, después de cruzar la línea de meta, colapsé. Mi cabeza zumbaba al aproximarse inexorablemente al suelo; pequeñas gotas carmesí salpicaron el entorno. Justo antes de perder la conciencia, me di cuenta de que, como Ícaro, había volado demasiado cerca del sol, cegado por el brillo del éxito