Por ahorrarnos un duro

LAURA CANTILLO

Aquella era “La noche”. El momento más esperado por el grupo de amigos de toda la vida. La cena fue espectacular y todo estuvo bañadito del mejor zumo de uva. Así que para empezar la ronda nocturna entraron en el primer local con el que tropezaron. Allí se tomaron la primera, y la segunda… y la cuarta… con unos cacahuetes que debían tener más años que todos ellos juntos, porque el sabor a rancio que les dejaban en la boca no tenía precio.
Miguel empezó a notar que no se encontraba muy bien y que comerse solito el primer cuenco con los frutos secos no había sido la mejor idea del mundo. Pero aguantando el tipo, salieron de aquel garito en busca de algo mejor. Cuando estaban en medio de la calle, lejos de cualquier bar decente abierto, el primer retortijón hizo aparición.
– Mirad que yo creo que me voy a tener que ir.
– ¿Miguel te encuentras bien? Pero si acabamos de salir del local, y además es muy… Miguel, mira que tienes una cara muy rara. ¿A que tiene mala cara?
El resto de la compañía empezó a escudriñar a un Miguel que tenía sudores fríos y empezaba a tener menos color que la cal de las paredes.
– La verdad es que me encuentro un poco mal. Me están matando los ganchitos esos que nos hemos comido en este sitio.
– ¡No te preocupes tío! Buscamos un baño y ya verás como se te pasa. Si esto es que te ha sentado mal algo y en cuanto vayas se te quita –Leandro no esperaba que nadie acabase con su fiesta aquella noche-.
– Mierda… que me estoy poniendo peor… -Miguel estaba verdaderamente pálido y sudoroso, y una parte de su cuerpo estaba dejando de funcionar debido a la presión que estaba ejerciendo-.
– Vamos que seguro que no es nada Miguelón.
– Que no. Joder, ¡que me cago!
Miguel echó a correr calle arriba esperando que su memoria fuera certera. Arrepintiéndose en cada zancada de los cacahuetes, el marisco, el vino y el resto de la cena, marchaba con las piernas separadas de rodillas para abajo, el coccix apuntando hacia el suelo y rezando para que esa posición no cambiara por lo que pudiera pasar.
En un momento de la carrera, sus manos, sin pensarlo, empezaron a buscar en su bolsillo y en su cartera hasta que dieron con el tesoro más preciado que llevaba encima. La perfecta redondez, el perfecto grosor. La codiciada moneda de 5 pesetas.

El resto del grupo echó a correr detrás de él sin cogerle el ritmo. Allí, al final de la rotonda, donde nadie esperaba encontrarlo, estaba. El baño público más cochambroso y a la par oportuno que había en todo Madrid. Coordinó todos sus movimientos. Fue tan preciso, que mientras llegaba, su mano se alargó, metió la moneda y las puertas empezaron a abrirse. No habían terminado de cerrarse cuando Miguel ya estaba “sentado” en aquel lugar.

Los minutos parecieron horas, pero finalmente el urinario hizo un ruido y la puerta comenzó a abrirse. Antes de que nadie pudiese reaccionar, Leandro se plantó delante de la puerta, y sin dejar salir a Miguel entró dentro.
– Pero ¿Qué estás haciendo? ¿Estás loco?
– ¡Qué me meo Miguel! ¡Qué no aguanto más!
– Pero déjame salir Leandro.
– Que no pasa nada, que paso de pagar un duro por mear. Joder Miguel, ¿Qué has hecho aquí? ¡Dios cómo huele!
Antes de que pudieran hacer el amago de salir, la puerta se selló con ellos dentro. Ambos se miraron horrorizados durante un segundo de silencio. De repente, el water hizo un ruido seco y todo comenzó. El líquido azul desinfectante empezó a salir disparado desde el techo del cubículo. Miguel y Leandro intentaron trepar por las paredes a la vez que el sumidero intentaba tragar los estragos de la noche. Infructuosamente, las heces flotaban y zozobraban por los bordes de la taza. Ellos gritaban, Leandro tenía arcadas y Miguel intentaba subirse encima de él con la esperanza de no
mancharse.

Cuando la pesadilla líquida parecía haber acabado, el urinario se abrió emitiendo un quejido sordo, y antes de que la puerta dejase más de 20 centímetros, dos seres pálidos salieron a trompicones. Sus galas ahora estaban empapadas de producto de limpieza y cosas que preferirían no recordar. Su estampa era única. El resto del grupo no sabía cómo reaccionar. Miguel miraba a Leandro sin dar crédito.
-¡Joder Leandro que era un duro!