Opus Porcus

Jordi Ibars

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Mi vida es una mierda. De camino a mi trabajo, no dejo de pensar en ello. Sin aspiración alguna, no tengo nada más que ésta mi ocupación, la cual me joroba más que la chepa mía, que ya es decir.

Cuando la jornada termina, no me queda tiempo ni para mí ni para Montse, y nuestras discusiones son cada vez peores. Nadie nos lo ha dicho todavía, pero seguro que nos escuchan por todo el vecindario.

La de hoy ha sido particularmente intensa y especialmente absurda. Al final, he cogido y me he largado con lo puesto, a trabajar. Mucho me temo que ella no estará en casa cuando vuelva, aunque ¿por qué lo iba a hacer? Me he comportado como un cabrón, y eso que soy un cerdo.

Camino dando tumbos y resoplando. Mi panza me pesa, más grande cada día. Soy un claro ejemplo de la ley de la gravedad: todo lo que sube, baja. Y más bajo ya no puedo caer.

¡Un momento! Me detengo y pienso, y a pesar que resulta agotador, llego a la conclusión que hoy no es un mal día para acabar con todo. Además, voy hacia el lugar perfecto para ello, uno en el que nunca encontrarían mi cuerpo. Desaparecería cumpliendo con mi trabajo, ¿qué más podría pedir? Así que reanudo el paso. 

No tardo en saborear el hedor que desprenden las instalaciones, que procesan a destajo los miles de reses que llegan allí, día y noche, en una procesión de angustia y muerte de la que soy autor.

Para entonces ha oscurecido y la luna reluce en lo alto, poniendo en escena una titánica mole de piedra negra, cubierta de tuberías de metal y repleta de luces que desgarran la oscuridad con sus falanges incandescentes. Sus entrañas remugan, gimen y tiemblan, mientras sus múltiples bocas vomitan los restos desechados de los cuerpos desmembrados. Heces, orina y grasa se derraman en las ciénagas que rodean tan espantoso lugar. Unas aguas que son puro lodo oscuro, denso y pútrido, en el que fuegos fatuos brillan como almas atrapadas que intentan escapar de tan horrenda prisión. 

Ahí está mi destino, mi final. Hoy no traspasaré las puertas del Matadero, sino que me uniré a mis víctimas como uno más…



… aunque minutos más tarde, todavía siga aquí, con todos vosotros. pues me falta valor. Y es que me falta valor pues, en el fondo, no soy más que un cobarde. 

No obstante, no es ésa la única: algo ha ocurrido no muy lejos de dónde estoy, allí en dónde se alza un viejo puente que cruza el infecto pantanal. Me acerco hasta él, apartando a empellones a la muchedumbre de mirones que siguen mi mismo camino. Y como ellos, yo también quiero ver qué es lo que ha pasado.

No tardo en descubrirlo: el puente ha colapsado y se ha hundido en el lodazal, llevándose varios carros con él. Los tragan las heces y la orina acumuladas en esas aguas innombrables, que los envuelven en un último abrazo de horror y pestilencia. Nubes de insectos zumban por encima de ellos, revoloteando con frenesí a su alrededor. 

Escucho el berrear estridente de los espectadores, pero nada tienen que ver con los chillidos de terror de las reses de ganado atrapado dentro de las jaulas. La luna, ahora algo más adelantada, me muestra la escena con detalle al tiempo que contemplo, pasmado, como multitud de cuerpos se pisan los unos a los otros, intentado ascender en vano hacia una superficie que se aleja más más. Y en un último intento, extiende sus brazos para aferrar con sus manos sucias los barrotes que los encierran, mientras son engullidos por la inmundicia de sus semejantes que llegaron allí antes que ellos. En un último instante, alcanzo a escuchar sus gritos de auxilio, palabras que no alcanzo a comprender, y que enmudecen poco después, dejándome embargado por una profunda congoja, intensamente sobrecogido. 

La suya es una muerte más lenta, espeluznante y agónica que aquélla que yo les podría proporcionar, por lo que no puedo imaginar un sufrimiento mayor que el suyo. Un sufrimiento que convierte al mío en algo insignificante, tanto que no puedo evitar decirme que, después de todo, soy afortunado, pues mi vida podría ser peor. De modo que sonrío, mientras me rasco el hocico con una pezuña.