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Gritos desabríos | Nataly A. Zerpa

Gritos desabríos | Nataly A. Zerpa

I

—¡Que vayan a bañarse ya! —seguía gritando la señora de la casa número 9, con una potencia pulmonar digna de desfile militar. La vecina del 8, desde su cocina, bajaba el volumen de la novela turca. No por respeto al drama otomano, sino porque la vida de sus vecinos era su pasatiempo favorito. En esa casa vivían tres muchachas manganzonas, con olor a cebo y caspa. Vagas en la escuela, flojas en los deportes y, en los estudios, mejor ni hablar. Desparramadas como lagartijas, se atrincheraban frente al televisor toda la tarde.

 

II

El problema no eran las niñas desaseadas. El problema era la voz de esa madre que atravesaba paredes, rebotaba en los tanques de agua y salía por los oídos de la cuadra entera. —¿Otra vez gritándole lo mismo? —murmuró la del 8, lanzando su dosis diaria de veneno social. El mismo grito, todos los días. Ya ni le divertía. A su lado, su hijo Humberto —camionero de oficio, dormilón por vocación— intentaba echarse una siesta después de manejar por treinta horas un camión de combustible.

 

III

—¡Por los clavos de Cristo! —gritó, asomando medio cuerpo por la ventana, con la barriga al aire y el pantalón sin botón—. ¡Deje de estar mandando a bañar a esas muchachas, que se van a poner desabrías! Y ahí sí: silencio absoluto. De esos que suenan más fuerte que el rugir de un volcán. Nadie respiró. Desde ese día, la señora del 9 se calmó un poco. Le dio pena enterarse de que toda la cuadra conocía las intimidades de su hogar mejor que ella misma. Bueno… cambió lo suficiente para que algo se notara.

IV

Las niñas, siguieron sin bañarse por voluntad propia, pero ahora con justificación prestada de no querer parecer desabrías. ¡Las libre Dios de tan trágico destino! Tras horas de negociación, se establecieron los días oficiales de restregón: miércoles y domingo. Condiciones impuestas: que les calentaran el agua en la olla de la sopa y las dejaran bañarse en el patio a las tres en punto. Eso sí: solo si no llovía, no hacía brisa, no había visita, ni debían peinarse después.

V

La vecina del 8 empezó a incomodarse ante la ausencia de gritos y, como mudarse a otra cuadra más escandalosa estaba fuera de su presupuesto, redireccionó su energía sembrando cizaña: —La señora del 9 está sacando la basura fuera de horario. ¡Ayer vi una cáscara de plátano pegada a mi acera como estampilla! ¡La muy descarada lo hizo a propósito!

 

VI

La del 10, también chismosa pero un poco menos evidente, murmuró: —Yo la escuché diciéndoles “asquerosas y zarrapastrosas”. Esas niñas siguen sin bañarse. El marido de la del 10, más perdido que Adán el Día de las Madres, llegó tarde a la conversación y afirmó: —Ahí viven tres primas mandadas desde Europa por su madre. —¡Mentira! —saltó la del 8, que no perdía una—. Son hijas de la ex-gritona. El marido la dejó porque no aguantó más los gritos. Dos son de ella, y la tercera es la niñera, que ni ha terminado de mudar los dientes. —¿Y quién cuida a quién? —preguntó una recién llegada, con las orejas abiertas como parabólicas. —Aquí nadie cuida a nadie, mi amor —cerró la del 8—. Aquí cada quien se baña cuando quiere. Y a veces, ni eso.

VII

Las muchachas del 9 fueron bautizadas como “Las Desabrías”. Ese estandarte lo heredaron los hijos, a quienes el barrio bautizó sin piedad: Desabriíto 1 y Desabriíto 2. Y así, los apodos siguieron pasando de generación en generación… todo por los gritos de una madre y la guerra diaria entre el jabón y la flojera. Porque sí, las Desabrías siguen siendo Desabrías hasta el sol de hoy, y la mejor prueba es que a ninguna le ha durado un marido más de dos años. Todos han huido: unos por el olor, otros por la pereza… y hasta por falta de amor. ¡Si hasta pa’ eso son desabrías!

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Lecturas alternativas sugeridas:

  • Modo Chismosa: V – VI – II – III – I – IV – VII
  • Ciclo del Agua: I – II – IV – V – VI – III – VII

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