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Entre líneas | Graciela Figueroa

Entre líneas | Graciela Figueroa

—¿No vas a desayunar hoy?

—No. Solo tomaré café. Tengo una junta importante temprano; y ya es tarde.

—¿Vendrás a comer?

—No lo creo. Lo más seguro es que nos veamos hasta en la noche.

—Mmm. Está bien.

Transcurrió todo el día; y ninguno de los dos se llamó para nada; hasta que Marcelo llegó a las nueve de la noche.

—Hola, buenas noches. Ya llegué.

—Hola Marcelo. ¿Cómo te fue?

—Bien. Aunque fue un día muy ajetreado.

—¿Cómo está Marcelita?

—Bien. Ya está dormida. Es una lástima que no hayas llegado antes para verla despierta. Pregunta mucho por ti.

—Sí. Lo siento mucho. Y tú, ¿qué hiciste hoy?

—Pues, lo de siempre. Llevé a Marcelita al kínder, fui al gimnasio, comimos. Después la llevé con mi mamá porque tenía cita con el dentista.

—¿Otra vez? ¿No fuiste hace tres días?

—Sí, pero tenía que revisarme otra vez.

—Mmm. Cenaré algo ligero y me iré a la cama.

Después de la cena, Karina con movimientos pausado recogió los platos y cubiertos de la mesa, los lavó y los guardó en su lugar. La cocina ahora estaba impecable, parecía esperar el nuevo día con una calma casi opresiva.

Con un suspiro apenas audible, se dirigió a la habitación. Al entrar, encontró a Marcelo sumido en un profundo sueño, su pecho subiendo y bajando con la cadencia regular de la respiración nocturna.

Karina se acercó en silencio, con pasos que no querían perturbar el sueño de su esposo. Se detuvo junto a la cama, observándolo con una mezcla de ternura, resignación y culpa. ¿Cuántas noches habían pasado así, cada uno en su mundo, separados por un abismo de palabras no dichas? La pregunta flotaba en el aire, intangible, pero presente. Cada vez más seguido sentía que Marcelo era solo un huésped en su cama.

Esa noche se despertó a las tres de la madrugada con la piel erizada. Recordó las ardientes caricias no maritales que rodeaban su cuerpo cada semana.

En las mañanas Marcelo se arreglaba como quien quiere agradar a alguien. No dejaba de visualizar las imágenes de colores y movimientos sensuales que encontraría al llegar a su oficina.

Con el tiempo, la ansiedad de ambos se volvió irrespirable.

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