El club de escritores (.net)

Gerardo Zarzo

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Estoy enamorado de una chica del Club de Escritores. El problema es que tengo que asesinarla. 

Me enamoré la primera vez que la vi en la pantallita del ordenador al descubrir que, de su mirada a su boca, cabían el Alfa y el Omega de las cosas.

Decidí que tenía que matarla porque su pluma era superior a la mía. Semana tras semana, escribía unos relatos que me ponían los vellos de los brazos como largas y finas astillas. Astillas que se clavaban en mi piel.

Me enamoré porque la pantalla no mostraba un taller de escritura, sino que ella lo convertía en una película de Ava Gardner. 

Decidí matarla porque cada semana, mes tras mes, escribía los mejores relatos. Todos los compañeros del curso votaban por ella, yo incluido con mi mejor sonrisa falsa. Pero después cerraba la tapa del portátil y apretaba los puños hasta que se me ponían las manos blancas.

Además intercambiamos correos electrónicos con regularidad y descubrí que no solo me motivaba para mejorar mi pluma: también me hacía mejorar como persona. Pero esto se me olvidaba cuando al siguiente jueves maravillaba a todos con su prosa impoluta. 

Intenté hackear su ordenador para que no pudiera acudir a los talleres o incluso para copiar todos sus textos. Lo hice según unas instrucciones que seguí en un foro de Internet, y lo que pasó es que mi portátil se llenó de virus y tuve que comprar uno nuevo.

Solo me quedaba asesinarla, porque de lo contrario moriría consumido por la envidia. Tenía un plan para ello. Y, además, podría escribir después una obra maestra, contándolo todo. 

Se planeó una cena de todo el grupo del Club de Escritores aprovechando que Nora, la profe, venía de visita a España por una serie de conferencias de la Universidad de México. 

Chaqueta informal, pantalón vaquero y jeringuilla de insulina —que robé a mi hermano diabético— en el bolsillo. En el caso de que me pillaran, tenía excusa. Como es natural, la jeringuilla no llevaba dentro la cantidad recomendada, «solo» el cuádruple de la dosis habitual.

La cita era un viernes en un céntrico restaurante de la capital. Un local con los techos muy altos, con grandes lámparas de araña y unas mesas robustas y alargadas como el roble del que nacieron. 

Un pianista en una esquina amenizaba la velada; cuando ella apareció, se escuchaba de fondo el Para Elisa, de Beethoven. Vestía un palabra de honor cruzado con la falda hasta la rodilla y de un tono turquesa color mar. No caminó desde la puerta hasta la mesa: se deslizó. Arrastraba los pies como una bailarina y, cuando llegó a mi altura, me sonrió como se sonríe a alguien del que no sabes que te va a matar. 

Le tenía guardado un sitio a mi lado; durante toda la cena, compartimos los diferentes platos del menú degustación. En más de una ocasión rocé sus manos, o ella las mías. Ya la había visto; la había olido (creí distinguir un DKNY Golden Delicious); la había escuchado, tanto su risa ágil como sus palabras alegres de voz templada; y la había tocado en esos roces furtivos.

Solo me faltaba saborearla. 

Por un momento pensé que no podría matarla. Pero, cuando terminó la cena, la profesora convocó otro pequeño concurso: teníamos que escribir un microrrelato de hasta veinticinco palabras en diez minutos. 

Nos repartió unos bolígrafos y unos malditos folios en blanco y puso el cronómetro. Mentiría si no dijera que miré por encima de sus hombros para copiarla. Me pilló, sonrió y me dio un codazo amigable llamándome tramposo

¿Quién ganó?

Obvio que ella. 

Me acordé de Jack en el hotel de El resplandor y de sus «ganas de matar aumentando». 

Finalizó la cena, y la mayoría se marchó a casa. Nos quedamos la profesora, dos compañeras más, ella y yo. Tomamos unas copas en otra zona del restaurante mientras charlamos sobre literatura y sobre cómo arreglar el mundo. 

Abandonamos el local y me las ingenié para quedarme a solas con ella. La invité a caminar porque la brisa nocturna de la ciudad invitaba a ello.

Seguimos charlando de literatura: que si qué bien que escribes, que si menudas metáforas las tuyas, que no, que las tuyas son mejores.

Me pidió que la acompañara al apartamento que había alquilado. Justo antes de llegar, pasamos por una calle en penumbra y desierta. Ese era un buen lugar porque no estaba seguro de si me invitaría a subir. Podría usar la jeringuilla allí mismo, subirla a cuestas como si estuviera borracha y en la intimidad de la habitación arreglarlo todo para que pareciera un accidente.

La detuve sujetando su brazo, la miré y me llevé la mano al bolsillo. 

Ella me miró y vislumbré ese Alfa en sus ojos. Abrió ligeramente la boca y volví a descubrir el Omega.

La besé.

Disfruté de sus jugosos labios y degusté parte del carmín que los decoraba, completando así el póquer de sus sentidos. 

Me invitó a subir al apartamento. Todo sería más fácil. 

O no.

Porque allí nos desnudamos y comenzamos a amarnos. No solo me olvidé de matarla, sino que perdí la noción del espacio cuando derrochó su piel sobre mí. 

Cuando el clímax tocaba a la puerta, me besó y me mordió con fuerza los labios. Se separó y, antes de que pudiera protestar, noté el frío de una pistola táser en el cuello. No me dio tiempo a notar la descarga porque todo fundió a negro.

 

Y ahora estoy aquí: amordazado, atado y tumbado sobre mi propio vómito, mientras ella aporrea las teclas en su portátil decidiendo el final de esta historia.