Dormir a una sardina

Mireya Castizo

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Se puede acunar a un niño mientras la luna se proclama reina del cielo; se puede acostar a un anciano aunque las bombillas se suiciden en el techo pero, dime, ¿qué hago para dormir a una sardina? Mi sardina no se queda quieta y, sin pies, recorre mi habitación sin saber si nada o vuela ni siquiera,  haciéndome pasar noches en vela que se me hacen eternas.

Mi sardina es azul. Sé de otra gente que, en vez de sardina, tiene un pez espada; otros hombres y mujeres tienen más bien que arrastrar con ellos un salado bacalao, y luego están aquellos a los que les pesa llevar una ballena o los que solo  duermen a una anchoa.

También ocurre que en una sola vida puede darse la transmutación de sardina a pez espada, de bacalao a ballena o anchoa.

Mi sardina es azul porque es común y ordinaria. Tiene las preocupaciones justas y apropiadas para lo que puede soportar una persona de rango medio. Alguien me dice que es que tomo café a todas horas pero  ¿acaso no es sabido que las sardinas no toman café y que tampoco están al tanto de los valores bursátiles ni de la prima de riesgo? Mi sardina se agita con otros menesteres más mundanos: “¿Comeremos mañana pan o sopa?”, “¿Podremos pagar el alquiler, la luz, teléfono y calefacción cuando papá se haya ido del todo?”.

Papá está muy enfermo; con su tos está pidiendo permiso al planeta para que le dé más oxígeno y poder continuar unos días más. Hoy se fundieron varias bombillas como un mal augurio de otras cosas que se pueden apagar, como la luz de un anciano.

Aún recuerdo noches en las que mi compañía eran los berberechos, los mejillones y las almejas… Noches lujuriosas, si cabe. 

Si cada chacra tiene un color y  sonido asociados, yo le propondría al Dalai Lama (o a quien corresponda) dar un buen pescado a cada centro energético. Es curioso ser una sardina, pues se supone que solo recuerdan todo tres segundos. No tengo nada de alzhéimer, ni tampoco una memoria suntuosa. Lo que sí es cierto es que querría olvidarme de todo lo que ocurre a mi alrededor por lo menos y, si esto fuera posible, al menos durante tres segundos.

También puede deberse el hecho de dormir con una sardina, más que a cierta agitación, a un sentimiento de estar en un lugar demasiado pequeño. Vivir en una latita. Mi sardina está domesticada, aunque nunca dejará de ser una maldita sardina con sus afanes de conquistar el océano, o en su defecto su frustración por no poder hacer nada por la salud ajena. El pescado azul es muy bueno para la salud. Quizá eso es lo que deseo: que me coman, con espinitas incluso. Ojalá eso sirviera de algo. Ojalá todo fuera dejarse comer. 

Pero nadie se deja comer. Estamos todos en la pescadería mirando el género, mirando cómo nos miran los ojos muertos de los demás pescados. Y albergamos la ilusión fútil de que nunca nos va a tocar a nosotros estar postrados en el mostrador. La sardina no tiene por dónde cogerla, y menos fácil va a ser hacerla dormir.