Dancing Queen

Izaskun Arévalo

Las noches ardían en Bilbao en la primera década del nuevo milenio. En la ciudad, había muchos garitos famosos, pero entre estos sobresalía el Conjunto Vacío. Las malas lenguas decían que era un antro, pero en su pista volaban sonrisas y cuerpos sudorosos con la música House más envolvente jamás escuchada. La luz de una energía sin igual brotaba de unos corazones extasiados que bailaban frenéticamente. Allí conocí a Eva; enseguida me llamaron la atención su contención y timidez. Desde su esquina, ella observaba una  libertad sexual y una lujuria que rayaba la locura. Al principio, se maquillaba torpemente, y sus rasgos masculinos sobresalían de su femenina alma. 

 

Eva se llamaba José durante el día y era de un pequeño pueblo costero de recia tradición. 

Entablé cierta amistad con ella, y con el tiempo, se convirtió en una bella sirena que se movía con elegancia y  con sex appeal en la discoteca. Era la reina de la noche.

 

Según me dijo, se había mudado a la urbe, donde podía ser Eva. Sus padres nunca habían aceptado su deseo de ser mujer. En su pueblo, estaba obligada a ser José, un José de triste mirada y opaca sonrisa. Las siguientes veces que nos vimos en la pista, compartimos cigarros y confidencias. Me contaba que un hombre la rondaba. Le daba amor y caricias, y ella se dejaba querer.

 

Cuando cerraron nuestro mítico club, coincidí varias veces durante unos años en otros antros. Nada comparable con el Conjunto Vacío. Le perdí la pista cuando comenzó la pandemia. Me preguntaba qué haría ella sin vivir la noche, puesto que en esa diáfana oscuridad, su alma relucía y aleteaba libremente. En la nocturnidad y alevosía, Eva dejaba de ser calabaza, para convertirse en princesa hasta llegar el alba. 

 

Una mañana gris, nos cruzamos en La Gran Vía. La encontré  como la mismísima calle: silenciosa y vacía. Se había quedado sin trabajo y debía volver a casa de sus padres. La pandemia nos había robado la noche y, sin ella, la dulce sirena comenzó a ahogarse. Contaban que a veces  se escapaba a la playa bajo la luz de las estrellas para ser Eva de incógnito. Su padre, se había enterado de sus andanzas en la ciudad de los ojos negros y lo había humillado. Pero a ella lo que más le dolía era no sentir la caricia de las tinieblas. La noche era su patria y se sentía desterrada. Necesitaba esa desinhibición, esa magia que nos transforma a muchos en aves nocturnas. Porque sin la noche, nos apagamos.

Los días se hacen largos, sabiendo que el fin de semana los templos paganos del baile están cerrados. Las luces están silenciadas; los carteles amarillentos y las taquillas, cubiertas de polvo. La madrugada se ha llenado de leves murmullos pasajeros y la algarabía y los gritos se han difuminado. Se ha evaporado ese halo de misterio, donde todo puede pasar, donde cada uno inventa personajes que se evaden de la realidad y que juegan con los sueños. Los neones ya no titilan en la sagrada oscuridad y las puertas de ojo de buey ya no giran para contarnos historias. La noche ya no se viste de gala: está ciega. 

La pandemia comenzaba a remitir; la gente copaba las calles de esperanza. Una tarde que pasé por su pueblo, pregunté por ella. Me contaron que la solían ver danzar desnuda con una gran melena plateada en su habitación. Al cabo de unos días, deambulando por Bilbao, me tuve que refugiar en un viejo bar de moda durante una tormenta. De repente, vi su esquela. 

 

En ella, aparecía su verdadero nombre, Eva. En su foto, nos regalaba su última y mejor sonrisa. Una sonrisa pintada de rojo e ilusión. Una ilusión que se congeló de tristeza. Una tristeza que le llevó a la desesperación. Se pegó un tiro un viernes de Luna Llena. Cuando la encontraron, llevaba puesto el vestido de lentejuelas más reluciente jamás visto y unos tacones rojos de exquisito brillo. Estaba bellísimamente maquillada, y en el tocadiscos sonaba repetidamente su canción preferida de Abba: Dancing Queen.

 

Al parecer, sus padres, después de ver tan hermosa a su hija y de leer la emotiva carta en la que explicaba que ella no era José, sino Eva, decidieron con lágrimas en los ojos, despedirlo como Eva. 

 

Eternamente Eva.