Crack | Andrés Pino
Salí de la chabola y corrí a buscar otra dosis para Amanda, yo no la llamaba mamá, no se lo merecía. Ella y su nuevo novio fumaban crack todo el puto día.
Pato vendía el crack más barato de toda la zona, seguramente también el peor, pero eso no importaba. Comprar a Pato no carecía de peligro, podía pegarte un tiro solo por respirar más rápido de la cuenta, no se fiaba de nadie, todos le parecíamos colaboradores de la poli. Piqué en la puerta de la autocaravana de Pato, tres golpes, un silencio y dos golpes más. Me abrió en calzoncillos y con la pistola en la mano, como siempre.
– Hombre chaval, pasa. ¿Cuánto quiere Amanda hoy?
– Lo mismo que ayer Pato, pero te pagará mañana, ¿vale?
Pato me miró fijamente y con un movimiento rápido cerró el cajón de la ropa de dónde sacaba la droga.
– Amanda se cree que me chupo el dedo, ¿verdad? Lleváis tres días con la misma canción. ¿Qué pasa?, ¿No le da pasta el tonto nuevo con el que va?
– Mira pato, yo solo vengo y te pido la droga. No me preguntes nada más.
– Dale un recado facilito a Amanda de mi parte. No más crack hasta que no pague. ¿Entendido? – No Pato, que Amanda me mata. Llevo el cuerpo lleno de moretones. No me cabe ni uno más. – Me la suda. ¡Largo chaval! Me señaló la puerta con la pistola.
No podía salir de allí sin la droga si no quería acabar molido a hostias otra vez. – Pato no puedo irme sin lo de Amanda, por favor.
Pato me acercó la pistola a la boca y empujo fuerte para metérmela entre los dientes. Me cagué encima. Puta Amanda.
– ¿Que gano yo si te doy la droga chaval?
– Te la toco Pato, te la meneo.
Ya le había pajeado otras veces. Pato podía parecer un guarro y un cabrón porque cualquier cosa le servía como pago, pero como mínimo nos daba una posibilidad a los que no le podíamos pagar con pasta.
Me marché de la caravana de Pato con la mano apestando a semen y con un cabreo de mil pares de cojones. “¡Puta Amanda!, ni una más Amanda, ¡ni una más!”.
Pero en parte estaba contento, porque mientras le meneaba su asquerosa polla a Pato, lo vi claro. En el momento de correrse, Pato dejó la pistola a mi lado, y yo la guardé rápidamente en mi bolsillo y con un flash vi como la usaría en cuanto llegase a casa, y no me pareció mala idea, la verdad.
Así que volví a nuestra chabola con la droga en un bolsillo y con la pistola robada para acabar con el problema en el otro. Muerto el perro se acabó lo rabia.
Le di el crack a Amanda y me largué a mi cuarto. Escuché como ella y el nuevo se fumaban todo lo que les había traído. Dejé pasar unos minutos hasta que estuvieron K.O. y saqué la pistola del bolsillo dispuesto a ir al comedor y pegarles un par de tiros a cada uno.
Entonces me dio por mirar el cargador de la pistola y me cagué en Pato y en su puta madre. ¡No había balas!. Aquel hijo de puta andaba todo el día amenazando a todo el mundo con una jodida pistola descargada.
Salí de mi cuarto y entré al comedor con una mala hostia del quince, dispuesto a volver a lo de Pato y meterle su pistola sin balas por el culo.
– Amanda voy un momento a lo de Pato que me he dejado una cosa
Amanda no se movía y el nuevo tampoco. No me miraban, seguían los dos tumbados en el sofá con los ojos vueltos. Me acerqué poco a poco y le puse a Amanda la mano bajo la nariz. No respiraba.
– ¡Amanda! ¡Despierta joder!
Nada.
La zarandeé fuerte y acabó cayendo como un fardo del sofá al suelo. Estaba muerta, seguro. Saqué la pistola del bolsillo y mirándola fijamente apunté con el arma descargada a su cabeza de mierda y grité “¡PUM! ¡PUM! ¡Hija de puta!”
Y pensé en ir a la caravana de Pato y devolverle la pistola, porque no quería problemas con él.
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